Cuento 01 de 52

Written by Edgar Rodriguez on Thursday, July 10, 2014 at 6:00 PM


                         “Write a short story every week.  It's not possible to write 52 bad short stories in a row.”  Bradbury

Un tubo para romper el mundo

El sonido de un disparo me despertó un jueves a las dos de la mañana. Mi esposa, acostada a mi lado, murmuró algo entre sueños. Yo me levanté, abrí la ventana y salí el balcón. Esperaba la muerte, cual gato. Pero no era mi noche de suerte. Miré a la calle, no había muertos, ni gente corriendo, ni gritos histéricos, nunca existió un disparo. La escena era menos predecible: una rubia pechugona sostenía entre ambas manos un tubo de unos tres metros de largo, corría para tomar vuelo, brincaba y descargaba golpes sobre un Altima negro estacionado en enfrente del edificio donde vivo.
La mujer debía tener unos cuarenta, daba la impresión de haber sido muy guapa a sus veinte. Ahora su rostro y su piel parecían deformados por el tiempo, la furia, la mala vida. Vestía una blusa blanca escotada que dejaba apreciar, desde mi privilegiada altura, sus pechos aún atrayentes, pero ya en franca decadencia. Una suave llovizna le daba al cuadro el último toque dramático. 
La vi repetir cinco veces la misma acción: tomar vuelo, levantar el tubo en lo alto, dejarlo caer sobre la carrocería, sobre el parabrisas, al mismo tiempo que gritaba una maldición contra el dueño del coche. El sonido, la furia, el vuelo de breves partículas de cristal, de metal, la lluvia escurriendo por su cuerpo, desde su cuello, por los brazos, al tubo, sobre el coche; la resonancia de cada grosería, las luces de otros departamentos prendiéndose, una tras otra, las caras de los mirones. Era hermoso.
Mientras estaba recargado en el balcón, viéndolo todo, sentí envidia. Miré de reojo a mi esposa aún dormida, el techo de mi departamento, los muebles; pensé en mis hijos en el otro cuarto, muy seguros, casi podría decir que felices. Me comparé con ella, ignoraba por completo sus motivaciones, pero no podía dejar de admirar su determinación, su ardor, el furor de las embestidas. Imaginé que esa mujer podría ser buena en la cama, no pude evitar una erección.
Pero no se trataba sólo de eso, la imagen, ella, me tenía hechizado. Quería ser ella. Quise en ese instante odiar tanto a alguien como ella odiaba al dueño de ese vehículo, a ese hijo de puta malnacido. Deseé tener un tubo en mis manos, anhelé poder destruirlo todo, pegarle con un tubo a los vidrios del balcón, los muebles del cuarto, a los focos de los vecinos que prendían las luces; imaginé la dicha de pegarle a la vecina mocha y a su puto gato, pegarle a los borrachos de la tienda de la esquina, al mecánico, al del camión de la basura.
Volví a mirar de reojo en dirección a mi esposa, un escalofrió recorrió mi espalda. Imaginé el tubo en mis manos, la fuerza de un brinco, un golpe seco sobre el cuerpo de ella y otro y otro. Un golpe contra el librero, contra el espejo, contra las puertas de los cuartos, contra los focos, contra los juguetes de los niños, contra…
Sacudí la cabeza, temblaba de pies a cabeza, intenté alejar esa imagen de mi cabeza, volver a la mujer rubia, con su pelo alborotado bajo la lluvia, al coche destrozado. Recordé ‘Crash’, la novela de J. G. Ballard, llevada al cine por Croneneberg. No pude evitar recrear las imágenes de la mujer destrozada en un accidente automovilístico y un tipo que la mira, se excita, no puede dejar de mirarla. Como aquella fotografía de Enrique Metinedes, de la rubia de hermosa cabellera y mirada perdida, con su cuerpo inerte, atrapado entre dos postes, víctima de un accidente automovilístico.
Necesitaba un cigarro. Cuando entré al cuarto miré de reojo a mi esposa, dormida; puse una mano sobre su cabeza para asegurarme de que seguía ahí, de que estaba viva, de que no había sido víctima de algún golpe con un tubo. Tuve el impulso de ir al cuarto de mis hijos para hacer lo mismo, era demasiado. Pude prender el cigarro con el quinto cerrillo, aspiré hondo y volví a salir al balcón.
Una patrulla acababa de llegar. Uno de los oficiales se bajó e intentó calmar a la rubia, ella lo miró de reojo, alzó el tubo y volvió a arremeter contra el coche con más fuerza que antes. El policía dio un paso atrás cuando ella fintó con golpearlo a él, regresó dentro del coche con su compañero.  Amanecía. La mayoría de los mirones se habían aburrido ya, el drama parecía estancado y la gente comenzaba a prepararse para seguir con su rutina de un viernes cualquiera.
Mi esposa despertó, me vio en el balcón, fumando el quinto cigarrillo de la madrugada y preguntó qué me pasaba. Yo la miré fijamente, me aseguré de que no tuviera ningún moretón o algo, le dije que nada, no pasaba nada, sólo que ya era de día y había una loca afuera de nuestro edificio que estaba destrozando el coche de su amante con un tubo. Ella se asomó, murmuró algo, no recuerdo qué y salió para comenzar a preparar las cosas de los niños.
Usualmente salimos los dos juntos a la calle para dejar a los niños en la escuela, pero ese día le dije que estaba muy cansado, le pedí el gran favor de dejarme dormir un rato más. Extrañamente ella accedió sin hacer preguntas, mi cara debió haber sido terrible. En cuanto mi esposa  e hijos salieron, me levanté y me asomé por el balcón. A la luz del día la escena había perdido su esplendor, el coche estaba destrozado, la patrulla seguía ahí con la mujer dentro de la misma, dormida, recargada contra la ventana. Los policías discutían con unos vecinos sobre quién sería el dueño del Altima, el tubo no se veía por ningún lado.
Entonces, tuve un impulso, me vestí rápido, bajé las escaleras del edificio, abrí la puerta y me cercioré de que los policías seguían distraídos antes de acercarme a la patrulla. Miré por la ventanilla, de cerca la mujer no era tan bella, era la encarnación de la decadencia, su rostro pálido, ojeroso, con el maquillaje corrido por la lluvia,  el gesto descompuesto por la cruda. Con todo y eso, yo estaba excitado, terriblemente excitado, cuando abrí la puerta de la patrulla con cuidado y la ayudé a bajar. Ella no protestó, parecía confundida, me vio como quizá vean los moribundos a los ángeles cuando vienen a rescatarlos de las garras de la muerte. Yo la miré fijamente un instante, la tomé en brazos y la besé. Sus labios eran pastoso, secos, su aliento alcohólico, su cuerpo flácido. La besé profundamente, ella cerró los ojos, yo no. Después la volví a meter a la patrulla, cerré la puerta y fui a la tienda por una cerveza para quitarme el mal sabor de boca. Estaba feliz, sentía como si acabara de salvar al mundo.  

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