Carta a Andrés Caicedo, a cuatro décadas de su suicidio

Written by Edgar Rodriguez on Friday, March 03, 2017 at 5:48 PM


Ciudad de México, 4 de Marzo, 2017
Andresito:

¿Por qué te mataste cabrón? Me hubiera gustado leerte más, pinche Andrés. Aunque quizá hubieras sufrido el destino de otros escritores de la ‘onda’; hubieras terminado como un viejito respetable con un chingo de obra publicada, galimatías y mafufadas, con pretensiones de chavoruco. Pero al menos otra década nos hubieras regalado, algunos cuentos, otra novela y ya. ¿Qué te costaba, cabrón? Pinche envidioso.

Perdóname si te habló así, tan al chile; espero me entiendas, como yo intenté descifrar tu desmadre lingüístico caleño, esa bomba de palabras,  ese terrorismo literario, esa anarquía del lenguaje, tan de la ‘onda’, tan Parmenides y su Pasto verde, tan aquí mis chicharrones truenan, el que entendió entendió y el que no, me vale verga. Espero me entiendas, Andrés, como hizo el esfuerzo por hacerlo Bernard Coehn cuando te tradujo al francés, pobre wey. Se obsesionó con el ritmo en ¡Que viva la música!, comparó la labor de traducir tu novela con la traducción de poesía e incluso rememoró a Flaubert, quien según cuentan las leyendas solía leer en voz alta fragmentos de sus obras para perfeccionar el ritmo. 

 ¿Por qué te mataste cabrón? Tú mismo lo dijiste: “Nací con la muerte dentro y lo único que hago es sacármela para dejar de pensar y quedar tranquilo […] muero porque ya para cumplir 24 años soy un anacronismo y un sinsentido, y desde que cumplí 21 vengo sin entender el mundo”. Me avergüenza confesarlo, esto lo leí en una carta que escribiste a tu madre en 1975, en un intento de suicidio fracasado. Una carta que nadie más debería haber leído. 

El culero de Alberto Fuget, escritor chileno antimacondo (oyeesamamada) la publicó en un libro con otra docena de cartas tuyas. Pinche cultura del morbo. El libro se llama “Mi cuerpo es una celda”, el muy mamón incluso incluyó como epígrafe la letra una la canción de Arcade Fire: My body is a cage that keeps me From dancing with the one I love But my mind holds the key”. 


Leí casi todo el libro, soy una pinche contradicción, lo sé, pero escribías bien chido, Andrés, qué querías que hiciera. Incluso tú reconocías el valor literario de tus cartas, algunas superiores a algunos cuentos tuyos, la neta. En la última carta le escribiste a Patricia Restrepo, tu amor único, tu vida entera, tu redención, tú agonía. A veces eras bien cursi, cabrón. Ella te dejó apenas después de que publicaste ¡Que viva la música! Ya no te aguantaba. ¿Quién sí?               

¿Por qué te mataste cabrón?  Si supieras cuánto se ha escrito de ti. Creo que hay más obra crítica sobre tu obra que el volumen total de tu obra misma. Y me da coraje, Andrés, me emputa que gran parte de los estudios explotan el morbo que despierta tu suicidio y tu estilo de vida. Alimentan el mito de tu figura, pero profundizan poco en tu obra, escriben mucha mierda, que si eras puto, pedófilo, drogadicto, hijo de puta, incestuoso. Te califican con una facilidad que asusta y encabrona.

Por eso ya no hablaré de ti, hablaré de aquello que es más tú de lo que fuiste tú mismo. Eso que te superó. Esas poco más de cien pinches páginas que son tu esencia: ¡Que víva la música! Que viva, carajo, ese arrebato capaz de destruir el lenguaje y crear uno nuevo, un lenguaje propio “que por el día no tenga pasado y por la noche sea milenario” (como dijo José Lezama Lima). 


Tu esencia fue femenina, Andrés, eras María del Carmen Huerta, la rubísima Mona, la Siempreviva. No digo que fueras puto, no te ofendas carnal, no intento reducir tu complejidad sexual; además el escritor Jaime Manrique (que si es maricón) ya aclaró que no lo eras, lo bateaste al pobre. Sin embargo,  imagino que si hubieras nacido en otros tiempos hubieras  sido un feliz travesti, un travesti rubio, rompe madres, reina de la noche, parada en la barra del bar la Purísima en el centro de la Ciudad de México. Fuiste escritor, dices en una de tus cartas, porque la primera vez que quisiste bailar con una morra, ella te dejo plantado, que poca madre, no pudo seguirte el paso. En el fondo hubieras querido ser la Siempreviva.

Por eso tomaste la voz de mujer en primera persona, te transformaste y usaste esa voluntad camaleónica para escribir algo autentico, anormal en esos tiempos, tiempos del realismo mágico y  la tropicalización literaria. Tiempos de “La nueva novela latinoamericana”, puto Carlos Fuentes y su comercialización de los paraísos bananeros. 

En contraste estaba la onda, esos que se sentían bien chingones escribiendo en inglés y según rompiendo las reglas, a lo Burroughs, a lo Ginsberg, a lo Kerouac. Pero la neta eran hijos de papi, como tu cabrón, admítelo, educados en escuelas privadas con su english desde childrens y su cárcel de clase media-alta, con el miedo a la calle verdadera (no las calles aspiraciones de On the road); con sus incursiones psicodélicas, sus pretensiones de Roling stones, With no satisfaction even you try, and try, and try. 

Pero tu otro yo, la Mona, esa rubia descocada, no sabe inglés y se avergüenza de su pendejes y busca quien le traduzca las letras y se enamora de un guitarrista que había vivido en el gabacho, que se siente el muy vergas, con su mata mamona y sus aires de rockstar. Si te hubieras quedado con esa ideas, pinche Andrés, la tuya sería una novelita más de la onda, pero diste el saltó, cabrón, fuiste más allá.

Cruzaste el río de Cali, ese río metafísico que nunca cruzo realmente el mamón de Cortazar, para saltar al otro lado, donde estaba la salsa, bendita salsa, ajena a la razón, puro movimiento, ritmo, rumba, pachanga, mira que rico y bajo. Incluso regresaste para lanzar una consigna hermosa por lo chabacana: “¡abajo la penetración cultural yanky!”. Es a  partir de entonces, justo a la mitad de la novela, que comienza realmente lo bueno, lo chingón, lo revolucionario. 

Hiciste bien en mandar a la chingada a los Rollings, cualquier pendejo puede decir maravillas de esos fulanos mientras narra una peda con mota incluida. ¡Uy que malotes!  Pero cuántos nos han hablado como lo hiciste tú de Richi Ray y Bobby Cruz, de Mon Rivera y su lluvia con nieve. Cuántos han introducido de tal forma lo auténticamente latino sin caer en esa retórica bananera del realismo mágico. Cuántos lograron mezclar esa esencia de la salsa con el terror, el miedo heredado de tus influencias de Poe y Lovercraft. ¿Te imaginas a Lovercraft bailando salsa? Que debraye. “Terror… tal palabra significa para mí un lugar común” puede leerse esta frase en la portada de una edición de “Angelitos empantanados”, esos cuentitos que escribiste sobre adolecentes mierdas, clasistas, cursilones pero con un final que deja helado. Como la escena del Bárbaro acuchillando al gringo mientras Mona y Maria Bayo cojen al aire libre. Es una escena memorable, goyesca, sin morbo, es el culmen de un aullido, tu propio aullido, en español caleño.      

¿Por qué te mataste cabrón? Quizá tenías todo planeado, querías volverte un mito. Como lo hicieron Kurt Cobain, Janis Joplin y John Kennedy Toole, el gran Toole autor de la Conjura de los necios. 
Las últimas páginas de ¡Qué viva la música! son tu manifiesto y epitafio. “Que nadie sepa tu nombre y que nadie amparo te dé. Que no accedas a los tejemanejes de la celebridad. Si dejas obra, muere tranquilo, confiando en unos pocos buenos amigos. Nunca permitas que te vuelvan persona mayor, hombre respetable. Nunca dejes de ser niño, aunque tengas los ojos en la nuca y se te empiecen a caer los dientes”. 

Andrés, Andresito, niño eterno, rubia trasvesti, mala conciencia, terror de dios. Qué voz hubiera sido la voz de tus hubieras. Hasta dónde pudieras haber alcanzado a llegar así, escupiendo al cielo, con tus desórdenes sexuales, tus pocos amigos, tu amor hecho mierda. Yo no puedo resucitarte, carajo, qué más quisiera, para escucharte hablar sobre cine y leer otros cuentos escabrosos de tu mano malnacidos. Solo puedo escribirte estas líneas hoy, a cuatro décadas de tu suicidio, para darte las gracias, por la experiencia  de ¡Qué viva la música!. Por el desasosiego, por la explosión lingüística, el ritmo, por descubrirme el mundo de la salsa de Richy Ray y Bobby Cruz, con su orquesta, su piano su Changó, kaniosile, cabo e, Babalú: “Yo soy Babalú, camino al Arará y con mi trabajo la tierra temblá”. La poesía afrocubana hecha música, luego que hecha otra vez literatura. ¡Que chingoneria! Gracias Andrés.

¿Por qué te mataste cabrón? Pinche Andrés, qué te costaba esperarte más, solo un poquito, un poquito más a lo José José, carajo. Pero no, con solo un cuarto de siglos te suicidaste, nos dejaste sin ti, que poca consideración, te pasaste de verga. 





Cuento 12 de 52

Written by Edgar Rodriguez on Friday, February 13, 2015 at 8:12 AM

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 Bradbury

YO ME ROBE TU PUTO QUESO

Te miras en el espejo y sonríes. La corbata nueva luce estupenda, no parece comprada en los puestos  del metro Toreo. Claro, ayudan la camisa negra, recién planchada, así como el traje tipo Oxford; es el único que tienes, pero ahora, recién sacado de la tintorería, hasta parece nuevo. Te sientes bien, con el rostro  rasurado, el cabello corto, el aliento fresco. “Hoy será un gran día”, murmuras frente al reflejo; luego  te arrepientes, una frase trillada, piensas, pero la repites varias veces, como un mantra, convencido a medias de la utilidad de las afirmaciones positivas.
Apenas sales de casa recibes una llamada de Luis, tu jefe. Saluda amablemente, rebosante de entusiasmo, pregunta por tu salud, por tu familia, por tu estado de animo. Es un buen hombre, piensas. Te informa de una cita estupenda para ti, debes ir a Iztapalapa donde la señorita (pronuncia esto como si guiñara un ojo) Mariana espera ansiosamente para hacer válida su promoción. Te augura éxito, te infunde ánimos y te felicita por el contrato cerrado la semana pasada, tu primera venta. “Ahora ya eres formalmente parte de esta gran familia”, sentencia y se despide llamándote hermano.
Dudas un segundo apenas, piensas que quizá hubiera sido mejor una cita en Polanco, en Santa Fe o cualquier otro lado con más nivel económico. Pero recuerdas la venta de la semana pasada, en una fabrica perdida en la Valle Gomez, donde lograste tu primer contrato. Convenciste a un par de mujeres trabajadoras de pagar el curso de lectura rápida entre las dos, compartir el material, intercalarse para ir a las clases y salir adelante juntas, superarse, ser mejores personas en comunidad. Después de firmar estaban contentas, a pesar de haber contraído una deuda por casi treinta mil pesos cuando apenas ganan el salario mínimo.  “Pero es una gran inversión”, les recordaste al despedirte, “es una apuesta segura para un mejor futuro”, sentenciaste feliz, plenamente convencido de haberles hecho un favor.
Mientras viajas en el transporte público te lamentas por las distancias, la cantidad de gente, el mal olor. Pero desechas estos pensamientos perjudiciales, piensas en Luis, en sus consejos;, tienes la esperanza  de ser como él algún día y tener un coche como el suyo. También, imaginas, podrías tener muchos trajes, corbatas de marcas reconocidas, mancuernillas  doradas, una oficina propia amueblada con sillones de cuero, libreros de caoba llenos de títulos interesantes, libros sobre negocios, superación, física cuántica.
Mientras caminas por las calles buscando la dirección, recuerdas porqué algunos llaman a esos rumbos “Iztapalacra”. Se te antoja un cigarro, pero te abstienes; el olor del tabaco no es agradable, recuerdas, debes cuidar la presentación, evitar los vicios de preferencias o en última instancia ocultarlos lo más posible. Antes fumabas mucho, cuando trabajas como reportero, ibas por las calles, cazabas notas, necesitabas café y nicotina constante para mantenerte alerta, recuerdas. Pero ahora es diferente, la vida cambia y uno, como buen ratón, debe  adaptarse a los nuevos quesos, buscar nuevas salidas de los laberintos. 
Cuando llegas a la dirección te sorprende el panorama, pero no pierdes los ánimos. Es una casucha sin terminar, una obra negra completada  en parte con pedazos de lámina, cartón y otros materiales reciclados. Las cortinas están hechas con retazos de viejos anuncios de partidos políticos. Pero esto no te desmoraliza, es un gran día, recuerdas, tomas aire antes de tocar el timbre, suena una melodía de la cucaracha, suspiras.

Abre una señora regordeta. Cuando le preguntas por la señorita Mariana lanza un  grito: “¡Hija! ¡Te buscan!”, luego sonríe amablemente y te invita a pasar. Mientras te sientas en un sillón viejo vez salir de una puerta contigua a una  muchacha de unos 17 años. Está enredada en una toalla, el cabello aún le escurre; gotas de agua perlan su rostro, la hacen lucir más atractiva de lo que es en realidad. Es de estatura baja, tez morena, ojos tristes, dientes perfectos, tímida. Ríe nerviosa, sin saber qué hacer, qué decir, te mira fijamente, admirada, corre a otro cuarto y murmura un leve “ya vuelvo”.
La tengo en la bolsa, piensas. Te sientes seguro de haberla impresionado, el resto será mera rutina: explicar la promoción que ‘ganó’, ahondar en los beneficios de la lectura rápida, exponer brevemente cómo funciona el método, hacer algunos ejercicios para demostrar la escasa concentración de la mayoría de las personas, las personas promedio, las que no han tomado este curso. Y finalmente, rematar con una plática sobre la importancia de la educación, la lectura, preparase para el futuro, superarse para salir adelante. 
Mariana te mira atentamente todo el tiempo. Su madre, quien escucha todo desde la cocina, lanza miradas suspicaces. Luce impaciente,  le preocupa algo en específico, lo mismo que a todos en estas alturas de la exposición. “¿Cuánto cuesta?”. Tú, como marca la rutina, alargas el tiempo antes de responder, les regresas la pregunta: ¿Cuánto vale su futuro? ¿Cuánto su educación?. Postergas lo más posible el tema económico. Acorralas a Mariana, sus ojos antes tristes ahora parecen llenos de esperanza, fantasea con estudiar una carrera, quizá ser abogada, trabajar en un despacho, ser capaz de leer la Constitución completa en menos de una hora, no cualquiera, le repites, no cualquiera.
La madre niega rotundamente con la cabeza tras escuchar el precio, no le interesa si es un inversión inicial o pagos cómodos o facilidades de pago. “Es mucho dinero”, sentencia, “No podemos”, enfatiza, “No hay forma”, murmura para si misma un poco apenada al ver el rostro de su hija transformarse, los ojos nuevamente tristes, el semblante derrotado.
Insistes en las maravillas del curso de lectura rápida, es tu trabajo, tienes que hacerlo. Mariana vuelve a verte llena de esperanza, se pasa a tu bando al instante. Le dice a su madre que quiere aprovechar la promoción, podría ser la oportunidad de su vida. En el extremo de la emoción propone buscar un trabajo de medio tiempo. Recuerda a una amiga del CCH que trabajó un tiempo en Six Flags, le pagaban 1,200 al mes por cinco o seis horas, seis días a la semana. No es nada complicado, comenta, solo se  trata de vender souvenirs. Esta chica es un buen ratón, piensas, sabe adaptarse, busca soluciones, quiere un buen queso. Recuerdas la portada amarilla del libro, las letras verdes. Tratas de evadir la necesidad de nicotina. 
La madre de Mariana niega con la cabeza, le explica que si entra a trabajar no tendrá tiempo para hacer tareas, estudiar, terminar bien la preparatoria. Ella dice que sí, puede leer en los camiones, levantarse más temprano, dormir más tarde. Además, enfatiza, conforme avance en el curso de lectura rápida todo será más fácil. Hace cuentas en su cabeza sobre cuántos  meses tendría que trabajar en Six Flags, sin gastar un solo centavo de ese sueldo, para poder pagar el curso. Son más de dos años, pero vale la pena, dice ilusionada. “¿Verdad que sí?”, te pregunta. Los últimos minutos has estado al margen, no pudiste evitar pensar en el abuso que significa trabajar más de cuatro horas diarias, con un solo día de descanso, por tan poco dinero. Tienes la boca seca, pides un vaso de agua, lo bebes de un trago pero sigues con los labios partidos, con la garganta apisonada de dudas.
Te levantas tambaleante, vas al baño, te hechas agua en la cara. Mientras estás ahí escuchas la conversación de Mariana y su madre, la chica es persistente, casi logra convencer a la madre de dejarse explotar por un parque de diversiones para poder pagar el curso que los sacara de pobres. Miras tu reloj, llevas dos horas ahí, quieres salir, rápido, con o sin contrato, ir a cualquier otro lugar.
Cuando sales del sanitario  ambas mujeres te miran atentamente, esperan que digas algo. En la mesa está el contrato, Mariana ya empezó a llenarlo, esta entusiasmada, la madre parece apunto de llorar. Miras a la chica, llena de esperanza, recuerdas los libros de la oficina de Luis, algo sobre la superación, la adaptación y esas mamarachadas. Te arrepientes un poco de este último calificativo, pero ya es tarde. Le quitas el contrato de las manos a Mariana antes de que termine de llenarlo, lo rompes sin decir nada y sales de ahí. En el camino tiras los papeles del portafolio: los folletos, el material del curso, los contratos foliados, las cartas de recomendación de exitosos empresarios que ya terminaron el curso. Desde arriba de un puente arrojas la corbata barata, el saco limpio, la camisa almidonada. Finalmente sacas del portafolio lo último que quedaba, un libro, el mismo que viste en la oficina de Luis, el mismo literalmente. Solo lo tomaré prestado, pensaste cuando lo agarraste la semana pasada. Ahora lo ves con asco, lo arrojas desde el puente con rabia. Prendes un cigarro, inhalas el humo, te desvaneces mientras exhalas. 
     

 


Cuento 11 de 52

Written by Edgar Rodriguez on Tuesday, December 23, 2014 at 8:39 PM

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 Bradbury


BRINCOLINES DE LA MUERTE


José tomó un sorbo de ponche con 'piquete' y se llevó la mano derecha a la bolsa del pantalón; además del alcohol, el frío le inducía a fumar, pero no podía, no en ese lugar, aún no. Miró de reojo a María, su esposa, quien adivinó su intención, por eso movía la cabeza de un lado a otro, negativamente. Estaban sentados cerca de los juegos infantiles, eran alrededor de las siete de la noche, la posada estaba en su esplendor; los puestos de comida lucían filas largas,los villancicos se repetían tortuosamente, todos parecían felices. Casi todos, menos algunos niños.

Desde que llegaron al lugar, una secundaria privada donde José daba clases de literatura,  ambos habían visto los dos brincolines: eran viejos, estaban parchados, mal inflados, colocados en lugares inseguros. Los niños, con su usual ingenio, no tardaron en llamarlos "los brincolines de la muerte". No pocos de los pequeños se mostraban temerosos a la hora de subirse a los 'juegos'. El espectáculo de los infantes, con sus ojos de terror, sus pasos inseguros y sus gritos al caer, estremecían a José, quien era incapáz de reprimir el impulso de correr a recogerlos cada vez que alguno se caía. Pero María no lo dejaba.

Cuando iban a la mitad del ponche vieron a una niña rubia, rubicunda, con rizos, ojo claro; salió berreando de uno de los brincolines y se dirigió a ellos. La menor tendría unos siete años, tenía el rostro rojo, bañado en lágrimas. Detrás de ella iba otra niña más pequeña, delagada, tez morena, cabello largo, mirada maliciosa.

—¿Qué sucede pequeña? —preguntó José a la niña rolliza en tono gentil.

—Es que..... es que..... en el brincolín de allá están robando niños —dijo entre berridos mientras señalaba el brincolín del cual había salido.

José y María intercambiaron miradas, sonrieron de soslayo, bebieron otro sorbo de ponche.

—Eso no es cierto pequeña, ¿por qué dices eso? —le susurró María   suavemente mientras le frotaba el hombro, tratando de calmarla.

—¡Sí es cierto! ¡Allá están robando niños, allá están robando niños! —la niña más pequeña gritó con estruendo y luego sonrió al comprobar como sus gritos surtían efecto, la otra menor volvía a llorar copiosamente, temblaba.

José se llevó el dedo índice a los labios para ordenar silencio a la más pequeña. Con su mano izquierda sobaba el otro brazo de la llorona. La pareja hacía simultáneamente ruidos tranquilizadores, tarareaban tonadas, buscaban relajar a la niña rubia. Apenas lograban calmarla un poco, la otra atacaba nuevamente, inmisericorde.

—Además, a los niños que se roban les cortan la cabeza y los brazos y les sacan los órganos...

José la interrumpió de golpe, le puso la palma de la mano en la boca y le indicó que se fuera.

—No hagas caso dulce —le dijo María a la niña rubia— ¿Dónde están tus papás?

—Mi mamá fue por algo de comer, por allá —la niña señaló una de las filas largas donde la gente esperaba por su turno para recibir un par de tacos al pastor— pero ya tardó mucho —y comenzó a llorar de nuevo.

José la abrazó suavemente, le acercó el vaso de ponche para que le diera un sorbito y la cobijó con una manta azul rey que María sacó de su bolsa de mano. Mientras tanto ella susurraba un canción al oído de la niña. La rubia cabeceó, dio pequeños sorbos de ponche y su llanto se fue apagando hasta convertirse en un siseo apenas perceptible; finalmente, cayó dormida.

La pareja esperó unos minutos, terminó su ponche y salió de la escuela con la niña dormida sobre el hombro de José. Este prendió un cigarro justo cuando cruzaban la puerta y abordaban un taxi sin placas que los esperaba frente al colegio.

















































Cuento 09 de 52

Written by Edgar Rodriguez on Wednesday, October 29, 2014 at 5:43 PM

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 Bradbury
 

Ojalá te mate la sombra 


Comer tierra pudo ser manjar de niños, pero para un adulto con tres días sin comer ni beber, sólo es eso: pinche tierra. Arturo estaba tirado boca abajo, yerto, seco, era un casi muerto. Pensó que si un ave carroñera pasara por ahí podría confundirlo con alimento; luego recapacito, los animales no son tan imbéciles, saben distinguir un muerto de un vivo. Giró la cabeza al cielo para ver la posición del sol e intentar descifrar la hora; era absurdo, nunca le interesó la astrología. Maldijo mentalmente, deslizó la lengua áspera por los labios cuarteados y anheló un poco de saliva, suficiente al menos para escupirle en la cara a Charly, cuyas botas enlodadas vio acercarse lentamente a él.
Vestido de blanco, con barba rauda, mirar cansino y voz rasposa; Charly, el Águila, se reclinó sobre el cuerpo de Arturo y le murmuró al odio
—Fuerza hermano,  estamos cerca de encontrarlo.
El moribundo no respondió, de haber podido le habría mentado la madre. Seguía lamentándose por haberse dejado embaucar. En medio de su delirio recordó a su ex esposa e imaginó cómo le recriminaría: “Ves, por eso siempre te dije: no te juntes con pendejos”. A veces todavía la extrañaba, sobre todo en situaciones límite. Después de su divorcio se perdió seis meses en el alcohol, ni más ni menos, fue la cuota fijada premeditadamente, no se merecía más la desgraciada.  Una vez superada la crisis se encontró sin nada, ni esposa, ni trabajo, ni dinero, ni futuro, ni ganas de vivir. Entonces vendió cuanto pudo de sus pocas pertenencias y se encaminó en este viaje de autoconocimiento, como se lo vendió Charly cuando lo conoció en un café.
—No existen las casualidades —le dijo entonces el chamán —el gran espíritu te condujo aquí para que me encontraras y yo te sirviera como mediador y guía para encontrar tu propia iluminación.
Entonces aceptó, estaba tan perdido que no objetó nada.  Asintió a cada palabra del Águila, se dejó llevar, se asumió  hoja al viento. Cuando se reencontraron en el pueblo de Real de Catorce, dos semanas después,  Arturo le preguntó por qué no tomaban uno de aquellos jeeps para bajar al desierto, como parecían hacer todos.
—Hay que caminar, el camino es arduo, pero es un sacrificio necesario para limpiar nuestro espíritu antes de encontrarnos con Hikuri.
Charly decía todo con voz  profunda, barbilla levantada, ceño fruncido, mirada  perdida; por eso la mayoría terminaban por aceptar sus palabras como ley. Así, Arturo no objetó tampoco que emprendieran el viaje con la menor cantidad de provisiones posibles, incluso sin agua ni comida.
—Purificaremos nuestros cuerpos con el ayuno y obtendremos fuerza de la luz del sol —profetizó el Águila.
Además de Arturo también los acompañaba otro buscador, se llamaba Ernesto y parecía mudo. Apenas hablaba para repetir los preceptos del Águila y afirmar todo.
—Siempre dices que sí, hablas poco pero positivo ­—lo alentaba el chamán— eso me gusta, vas a llegar lejos con esa actitud.
Por su parte Arturo dudaba. Se dejaba llevar cierto, mantuvo el ímpetu de la hoja al viento, pero no podía engañar por completo a su cabeza. Sin embargo, mantenía cierta esperanza; había leído tres artículos sobre el peyote, el libro “Las puertas de la percepción” de Huxley, además de ver un par de documentales al respecto. Tenía fe, aunque le parecía extraño utilizar esa palabra, en el peyote, esperaba que este cactus sagrado lo ayudara a recuperar su espíritu. Si alguna vez lo tuvo.
No sabía si era eso, pero seguro algo había perdido. Después de su divorcio nada le apasionaba. Vivía por inercia, sin deseos, sueños, ni aspiraciones. Dejó de sentir, era un ser pensante, únicamente, eso pensaba él, pensaba demasiado. Creía en el peyote como una fuente de iluminación capaz de ayudarle a recuperar su ardor. 
Acamparon en medio del desierto a los pies del Cerro del Quemado. Durmieron casi toda la tarde en le primer día y después comenzaron la cacería. Al principio Arturo era el más entusiasmado, olisqueaba el aire como perro, aunque desconocía el olor del peyote. A veces cerraba los ojos, como había aconsejado Charly, caminaba unos pasos a ciegas, tropezaba con alguna roca y entonces los abría con la esperanza de encontrar a Hikuri frente a su mirada, pero nada.
No encontraron ni madres en tres días y Charly se negaba a regresar al pueblo por agua y alimentos. Insistía en que podían obtener energía del sol.
—Paciencia hermano, paciencia— les repetía como un mantra y nada más. Ahorraba palabras.
Al tercer día Arturo no pudo más.  Estaba tirado boca abajo, había caído por séptima vez en la mañana tras otro fallido intento de búsqueda a ciegas. Cuando abrió los ojos otra vez lo mismo: sólo tierra, sol, pinche sol de mediodía sin una puta sombra y las botas de Charly, el pendejo chamán. Cuando el Águila le habló al oído, algo en el interior de Arturo estalló. Estiró el brazo izquierdo para intentar alcanzar las botas de Charly pero no lo alcanzó. Cerró sus ojos, tomó otro impulso y su mano se tropezó de pronto con algo, un objeto redondo, algo que le inyectó una súbita energía. No era peyote, era algo más simple, más esencial, un objeto llano, gris. Una piedra.
La mano de Arturo se aferró a la piedra y su cuerpo tembló de pies a cabeza. Se levantó de un salto, llenó de energía, ardía de pies a cabeza. Arremetió una y otra vez con la piedra, sagrada piedra, sobre la cabeza del Águila, el cual cayó inconsciente al tercer impacto, ni siquiera sintió los otros 12. Arturo dejó de golpearlo cuando la sangre le salpicó el rostro. Entonces retrocedió, miró estupefacto el cuerpo inconsciente de Charly, guardo silencio, lo escuchó respirar, miró al sol, alto, ardiente, sonrió. Se sintió vivo, llenó de ímpetu, iluminado. Se reclinó sobre el Águila, sintió su pulso, estaba vivo. Miro a su alrededor y no vio rastro de Ernesto. Tomó el cuerpo del chamán de un brazo, lo arrastro hasta un cactus, lo dejó bajo su sombra y se fue.         
 

Cuento 08 de 52

Written by Edgar Rodriguez on Wednesday, September 24, 2014 at 9:35 PM


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 Bradbury

Lobos en Pie de la Cuesta


Extraño a Mariana cada luna llena. Algunas veces, cuando la nostalgia me  ataca sin tregua, incluso me da por aullar. Entonces se me enchina la piel mientras rememoro las noches con ella, el astro redondo en el alto cielo oscuro, las estrellas, la brisa marina, la arena pegada a nuestra piel y la historia que me contó la última vez que estuvimos juntos. La historia de Antonio.
Antonio era el hijo de una amiga de Mariana, creo que se llamaba Laura. Tras muchos años de no verse se reencontraron una tarde en un supermercado en Acapulco. Aunque Mariana era chilanga vivía ahí porque se dedicaba a dar masajes en hoteles. Las dos se tomaron un café esa misma tarde para ponerse al día. De aquel encuentro se suscitó una invitación de Laura para cenar en su casa, en Pie de la Cuesta, en 15 días. Tres días antes Mariana recibió una llamada de su amiga para confirmar la invitación, pero además para decirle algo importante: el esposo y el hijo de Laura también estarían presentes, pero era trascendente hacerle saber que Antonio, su hijo, era un chico un poco raro. Mariana no supo qué pensar, la afirmación era ambigua y no quiso hacer preguntas incómodas, se limitó a decir que ella era una mujer de amplio criterio.
El día de la cena Mariana trató de comportarse lo más normal desde el principio, se vistió formal, pero sin exagerar, llegó al lugar de la cita y se dejó llevar hasta la hermosa casa de Laura, con vista al mar y amplios ventanales. Una vez ahí fue presentada a Luis, el esposo y Antonio, el hijo extraño. Mariana no pudo dejar de mirarlo un largo rato: era un chico de 15 años, delgado, frente prominente, escaso cabello oscuro, ojos hundidos, barbilla cuadrada, mueca torcida.  A primera vista podría pensarse que padecía algún retraso mental, aunque hablaba normalmente y no parecía tener problemas para caminar ni coordinar sus movimientos.
Pero su mirada tenía algo, una mirada de loco, pensó Mariana; como en esa películas de terror donde uno sabe de inmediato quién es el asesino sólo con verlo a los ojos. Era una noche lluviosa, de luna llena.  Al principio todo transcurrió normalmente, comieron la  sopa y el guisado mientras charlaban del clima, el trabajo de Luis como gerente de un hotel, la escuela de Antonio, las historias en común de las amigas. Parecía una noche cualquiera, una familia corriente, un evento para olvidarse en quince días.
Pero mientras servían el postre, gelatina de rompope, la velada se volvió inmortal. Antonio se quedó viendo fijamente por los ventanales, había dejado de llover, el cielo se estaba despejando y era posible vislumbrar una enorme luna roja. Pero los ojos del chico no estaban fijos ahí, parecían ver más allá, como algo invisible para el resto. Su mano derecha, con la cual sostenía la cuchara del postre, temblaba sin control. Intentaba balbucir unas palabras, apenas entendibles.
-Ma… ma… y…a….están, aquí, so…so…on ellos….- dejó caer la cuchara y se levantó de la silla. De un salto trepó a la mesa y una vez ahí, en cuclillas, levantó el cuello en dirección al techo, movió la cabeza en círculo, recorrió con la mirada, lentamente, cada rincón de la casa y abrió la boca para emitir un sonido agudo, apenas perceptible al inicio, ensordecedor en sus últimos tonos: Auuuuuuuuuuuuuu!
Laura se quedó paralizada un instante, igual Luis. Ambos miraban alternativamente a su hijo y a su invitada, mientras esta permanecía petrificada, con la cuchara a mitad del camino entre el plato y la boca. La pareja dudó apenas un minuto, se pusieron también de pie, levantaron la cabeza al techo, se subieron a la mesa y comenzaron a aullar. Laura miraba de reojo a Mariana e intentaba indicarle con un movimiento de cejas que se les uniera. Mariana, desconcertada,  se levantó de su lugar para escapar al baño, pero cuando iba en camino se topó de frente con la mirada de Antonio.
Sus pupilas dilatadas parecían atravesarla, pero una vez superado el miedo inicial, era posible identificar un atisbo de cordialidad animal tras esos ojos. Una invitación ineludible para una celebración, un acto ritual de otros tiempos. Mariana cedió, olvidó la ruta de escape y se unió a la manada que aullaba sobre la mesa, con los platos y los cubiertos regados por el suelo, mientras a través de los ventanales la luna lucía radiante, roja, misteriosa.
Aullaron toda la noche. Mariana juraba haber perdido la noción del tiempo, tampoco estaba segura de en qué momento se recostó en el suelo, echa un ovillo sobre sí misma, como un animal herido. Al amanecer Laura le ofreció un manta para cubrirse del frio y un café cargado. Se despidió una hora más tarde, sin decir ni preguntar nada. Nunca volvió a ver a su amiga, pero desde entonces las noches de luna llena cobraron para Mariana un significado diferente.
Ella me contó la historia una noche de luna llena. Después de una cena romántica salimos a caminar, inicialmente sin rumbo, luego seguimos a un gato y terminamos por seguir a la luna. Esta nos llevó a la playa, donde nos recostamos, nos revolcamos, cogimos como animales en la arena.  Luego, extenuados, nos recostamos boca arriba, la noche era clara, ella suspiró y comenzó el relato. Cuando terminó  yo estaba adormilado, cerré los ojos y perdí la noción del tiempo. En mis sueños me pareció escuchar aullidos y sentí una lengua animal recorrer mi nuca. Cuando desperté el sol brillaba, la ropa de Mariana aún estaba regada por la arena, pero ella ya no estaba. Nunca volví a saber nada de ella.

Cuento 07 de 52

Written by Edgar Rodriguez on Monday, September 22, 2014 at 9:34 PM


“Write a short story every week.  It's not possible to write 52 bad short stories in a row.” 
 Bradbury


El cantante de blues


Destacaba entre los hombres de la taberna: espalda ancha, porte bravucón, tez morena clara, pelo rizado, canoso, corto, manos grandes, ojeras prominentes; oscilaba entre los 40 o 50 años, dependiendo el ángulo desde el cual se le observara, la luz, la hora. Su voz era el rugido de una bestia herida, un lamento del fondo de la tierra, la desesperanza total. Cantaba y parecía haber nacido para cantar tangos. “Pero siempre preferí el blues”, me confesó más tarde.
El lugar era un anodino bar de viejos escondido en los linderos del barrio de San Telmo. La puerta abatible, las mesas, la barra, eran todo madera podrida; los vasos lucían turbios; incluso los parroquianos parecían exhalar naftalina. Parecía la encarnación de la nostalgia, pero la sobrepasaba, era deprimente. Pero él, el cantante de blues, hizo que valiera la pena encontrar y recordar aquel lugar.  
Cantaba por dinero o cerveza. A  lo José José, pensé entonces. Yo pagué una pinta de cerveza, él se sentó en mi mesa y supo al instante mi condición de extranjero. ‘El Méxicano’ fui desde entonces para él, como había sido y continuaría siendo en otras tantas noches bonaerenses.  En un instante, entre dos pintas y tres tangos, me contó su vida. Había sido un cantante reconocido, con giras por la república, discos, presentaciones; pero lo habían arruinado las drogas. Había escuchado esta historia miles de veces, pero nunca de primera mano. El cantante de blues me habló de su esposa, primero en buenos términos, luego la maldijo, la ‘puteo’, la maldita se llevó a su hijo. Ahora él, rehabilitado, limpio como el cristal de los vasos del lugar, tenía la esperanza de volver a ver al niño cuya foto guardaba en la cartera.  Otra recaída, juraba, sería su fin.   
El cantante de blues me contó que en otra ocasión, en ese mismo lugar, había conocido a una banda de rock de México. “Se llamaban Molotov o algo así”, me dijo  con deferencia, tras lo cual tarareó algunas estrofas de “Puto” y me narró cómo había bebido ahí mismo con Miky Huidobro. Me habló de los mexicanos, siempre cordiales, siempre fiesteros, abiertos… y el clásico ditirambo de adjetivos del cual yo ya estaba hasta la madre. Entonces debí irme, el lugar estaba por cerrar, había dejado de llover, hubiera merecido descansar. Pero el cantante de blues me habló de un lugar en la Boca, un sitio, me dijo, que debería conocer.
Se trataba del Samovar de Rasputín. Por los días es otro restaurante típico argentino con un show de tango, cortes de carne y el ambiente turístico propio de Caminito. Pero en las noches es un universo aparte, un retazo de Nueva Orleans extraviado en Buenos Aires. El lugar es pequeño, tiene una puerta de madera en la entrada, una barra del lado derecho, una docena de mesas en espacio de cinco metros cuadrados y en el fondo los músicos.
Nos sentamos, el cantante de blues hizo que abrieran una botella de vino barato en nuestra mesa, no fuera que si la abrían en la barra nos dieran uno aún peor, yo pagué. Me habló sobre el lugar,  un templo del blues por el cual han pasado los mejores de Argentina y algunos del mundo. Las paredes del sitio estaban atiborradas con fotografía de famosos, entre ellas una de los Rolling Stones. Ambos bebimos más de la cuenta
Apenas recuerdo algunos retazos del resto de la noche: un hombre de treinta años, petizo (estatura baja), pelo negro, chamarra de cuero y pantalón de mezclilla; bailaba y movía las caderas cual Elvis, mientras con la mano se arreglaba el cabello. Una mujer rubia con un vestido negro ajustado, quizá de cuero, quiero creer, bailaba de infarto; todos la veíamos, la devorábamos, ella se dejaba hacer. La luz y el humo del lugar la hacían parecer más buena de lo que quizá estaba. El morocho petizo se acercó y bailó con ella. Parecía una puta escena de película.
El cantante de blues y el petizo entablaron conversación, hablaban de otros tiempos, de otra música, de otras drogas. El calor era insufrible. Aún ahora recuerdo y me acaloro: la música, la rubia bailando, el vino, la luz mortecina. La versión más cercana al infierno que he conocido en carne propia, era hermoso. Salimos al amanecer. El cantante de blues y el petizo salieron abrazados, se sostenían mutuamente para no caer, el segundo aseguraba tener en su departamento un delicioso desayuno, listo para reactivarlos. Guiñaba el ojo exageradamente, tosco, burdo. Ambos me ignoraron, sólo entonces me recordé extranjero. Regresé caminando al hotel. Mientras ellos se alejaban en dirección contraria miré de reojo, por última vez, al cantante de blues; parecía menos melancólico, se balanceaba, la luz del amanecer realzaba su semblante, sus ojos brillaban, tarareaba un blues, parecía más vivo. Nunca lo volví a ver, quizá murío esa mañana. 

Los defectos de Cortázar

Written by Edgar Rodriguez on Tuesday, August 26, 2014 at 12:18 PM

 El escritor argentino no era un dios, como algunos pretenden, eso queda claro. Pero podría ir incluso un poco más lejos, mucho más; digamos ya, sin eufemismos: era un perfecto idiota. Lo era en todo el sentido que implica serlo, incluso el reconocimiento personal, la aceptación, la resignación. Sí, hay que ser realmente idiota para alegrarse, sorprenderse, entusiasmarse aún con las cosas más insignificantes de esta vida.  

Es un grave  defecto ese de ser idiota, nos aleja del resto de los hombres: razonables, útiles, lógicos, inteligentes. Resulta incómodo el entusiasmo permanente, esa especie de presencia y reconocimiento constante del mundo. Ese persistente gusto por todas las cosas no conduce nunca a nada bueno, mas que al desbordamiento de las pasiones. Tenía razón al auto censurarse, hay que ser realmente idiota para ser un poeta.

Aunada a esta idiotez perenne, pecaba también de un infantilismo incandescente, un no creer en lo ineludible, una falta de razón, una ignorante desazón pueril hacia todo lo que se ha enseñando. También era así, un niño desobediente que no sólo buscaba transgredir las reglas, sino que gozaba haciéndolo, burlándose de los críticos y los lectores, escapándose de sí mismo.

Aún hoy, juega todo el tiempo, se burla del lector, de las normas, de La Literatura, de esa que escriben con mayúsculas. Se divierte de lo lindo con trazos en el suelo, con sus esquemas numéricos, con sus trampas, sus laberintos interminables. Para Cortázar la poesía era eso, un elemento lúdico constante de las palabras con las cosas; jugar es vivir plenamente, más allá del hábito y la rutina, de las máscaras y las apariencias, es la esencia misma del hombre. Jugar a la poesía es jugar a pleno, jugar a la poesía es un arte ineludible, jugar a la poesía es un estilo de vida.

“Y el juego en el que cada espejo
Miente otra vez lo ya mentido
Y con los ecos del vacío
Tañe la música del tiempo”
(Planta baja, Último Round)

“para el que con su incendio te ilumina,
cósmico caracol de azul sonoro,
blanco que vibra un címbalo de oro,
último trecho de la jabalina,

la mano que te busca en la penumbra
se detiene en la tibia encrucijada
donde musgo y coral velan la entrada
y un río de luciérnagas alumbra.

si, portulano, fuego de esmeralda,
sirte y fanal en una misma empresa
cuando la boca navegante besa
la poza más profunda de tu espalda,

suave canibalismo que devora
su presa que lo danza hacia el abismo,
oh laberinto exacto de sí mismo
donde el pavor de la delicia mora

agua para la sed del que te viaja
mientras la luz que junto al lecho vela
baja a tus muslos su húmeda gacela
y al fin la estremecida flor desgaja”.

(Viaje infinito, Salvo el crepúsculo)

Siempre fue un niño escritor, a los nueve años tuvo sus primeros acercamientos con la literatura. Comenzó a escribir poemas perfectamente rimados y ritmados. Él mismo admite que eran poemas muy malos, cargados de sentimientos ingenuos y  toda la cursilería de un niño. Al respecto de estos poemas, Cortázar relata que después de haber mostrado a su madre dos o tres sonetos absolutamente impecables, ella los mostró al resto de la familia; los cuales le dijeron a su madre que él era un plagiario, que esos sonetos los había sacado de algún libro, pues siempre lo veían leyendo.

En las palabras del propio Julio, se nota su primera decepción literaria: “Mi madre… muy avergonzada, trató de sonsacarme si esos poemas yo los había escrito o los había sacado de algún libro. Tuve un ataque de desesperación, creo que nunca he llorado tanto […] Yo consideré eso como una ofensa, como algo que me vulneraba en los más hondo… Yo había hecho esos sonetos con un amor infinito y me habían salido formidablemente bien. El resultado era que me acusaban de plagio…”

Era, también, un obseso irremediable. A los 60 años seguía creyendo en las formas perfectas de la poesía; en el soneto, figura ya superada por muchos poetas, abandonada en pos de la escritura más libre de la época moderna. Pero que él seguía cultivando en secreto hasta la publicación de Salvo el Crepúsculo.

Rebelde o revoltoso, que para el caso es lo mismo, fue para colmo siempre un inconforme con todo, con las reglas, con la política, con la vida misma. La literatura de Cortázar es una rebelión en sí misma, rompe con las formas, crea las suyas propias.

En palabras de László Scholz investigador de literatura latinoamericana, especializado en la obra de Julio: “Cortázar es  L´homme revolte de su generación, el hombre que ha vivido en el infierno argentino y europeo de los años cuarenta, y desde entonces no cesa de rebelarse […] es el único artista de su generación que ha sido hasta ahora consecuente con su rebeldía”.

Para colmo ahora resulta incluso hasta un necio, un cínico. Vale la pena revisar la portada de Ultimo Round en su edición de Siglo XXI, México, 1969. Donde se incluye el siguiente texto:

Joven amigo: ¿Se siente revolucionario? ¿Cree que la hora se acerca para nuestros pueblos?

En ese caso, proceda CON SERIEDAD. La revolución no es un juego. Cese de reír. NO SUEÑE. Sobre todo NO SUEÑE. Soñar no conduce a nada, sólo la reflexión y la seriedad confieren la ponderación necesaria para las acciones duraderas. Niéguese al delirio, a los ideales, a lo imposible. Nadie baja de una sierra con diez machetes locos para acabar con un ejército bien armado: no se deje engañar por informaciones tergiversadas, no le haga caso a Lenin. La revolución será fruto de estudios documentados y de una larga paciencia. SEA SERIO. MATE LOS SUEÑOS. SEA SERIO. MATE LOS SUEÑOS. SEA SERIO. MATE LOS SUEÑOS.”

Nada le parece, es un inconformista. Es un extraño de este mundo, con un estado constante de desconsolación. No está conforme con la realidad circundante, rechaza y denuncia las reglas sociales, busca un mundo más amplio e integral para salvar lo que él llama “lo verdaderamente humano”.

En este sentido Cortázar es como Oliveira (de Rayuela), le duele el mundo, está desconcertado ante todo lo que le rodea. Es una concepción de lo absurdo, como lo dice explícitamente en esta misma novela: “Lo absurdo no son las cosas, lo absurdo es que las cosas estén ahí y las sintamos como absurdas”.

“Para el poeta angustiado, todo poema es un desencanto, un producto desconsolador de ambiciones profundas más o menos definidas, de un balbuceo existencial que sólo el poema puede analógicamente evocar y reconstruir”, refiere el propio escritor argentino en su ensayo ‘Hacia una poética’.

Como lo dijo algunas vez Vasconcelos, el gran impulsor de la educación en México, existen dos clases de libros: lo que se leen sentado y los que se leen de pie. Estos últimos son aquellos que nos hacen vibrar, reprueban la vida, son como un grito que nos estremece, nos obliga a ponernos de pie.

“Y sé muy bien que no estarás.
No estarás en la calle,
en el murmullo que brota de noche
de los postes de alumbrado,
ni en el gesto de elegir el menú,
ni en la sonrisa que alivia
los completos de los subtes,
ni en los libros prestados
ni en el hasta mañana.

No estarás en mis sueños,
en el destino original
de mis palabras,
ni en una cifra telefónica estarás
o en el color de un par de guantes
o una blusa.
Me enojaré amor mío,
sin que sea por ti,
y compraré bombones
pero no para ti,
me pararé en la esquina
a la que no vendrás,
y diré las palabras que se dicen
y comeré las cosas que se comen
y soñaré las cosas que se sueñan
y sé muy bien que no estarás,
ni aquí adentro, la cárcel
donde aún te retengo,
ni allí fuera, este río de calles
y de puentes.
No estarás para nada,
no serás ni recuerdo,
y cuando piense en ti
pensaré un pensamiento
que oscuramente
trata de acordarse de ti.”

(El futuro,  Salvo el crepúsculo)

Podemos darnos cuenta hasta aquí de un defecto más del escritor argentino, es un sentimental, un cursi, un romántico en cuestión. “El vocabulario es mi carbono 14, no así los temas y los modos por que nada ha cambiado en ese terreno donde sigo siendo el mismo, quiero decir romántico, sensiblero, cursi…”   

 Si se ha puesto atención hasta ahora se notará que algunas de las características citadas son un tanto contradictorias: cómo se puede ser idiota (en el sentido ya planteado) y doliente al mismo tiempo. Este contrapunto sirve para mostrarnos otro más de sus grandes defectos, Cortázar es un contradictorio, indefinido, es un camaleón.

No es la primera vez que se le clasifica bajo dicho término, el mismo autor lo utilizó para justificar la divergencia de su libro “Vuelta al día en ochenta mundos”. Y de la misma forma se sirve de este concepto para escribir su “Arte poética”; en gran parte inspirada en los estudios de Keats.     

“El poeta renuncia a defenderse, a conservar una identidad en el acto de conocer […] se le da temporalmente el sentirse a cada paso otro, el salirse tan fácilmente de sí mismo para ingresar en las entidades que lo absorben, enajenarse con el objeto que será cantado, la materia física o moral cuya combustión lírica provocará el poema”

Es un alquimista de la palabra, un matabele (brujo africano) que transfigura al esencia de las cosas. Para Cortázar eso es la poesía, una especie de acto mágico mediante el cual trata de introducirse en la esencia de las cosas, ser la tormenta mientras se escribe sobre la misma y a la vez ser capaz de hacer un sortilegio que permita establecer relaciones válidas entre las cosas por una analogía sentimental: hacer que la tormenta sea un grito, eliminando el puente ficticio del “como”;  la tormenta no es como un grito, es un grito.

En el perseguidor se ejemplifica esta forma de concebir la realidad: “Todo era como una jalea, todo temblaba alrededor, que no había más que fijarse un poco, sentirse un poco, callarse un poco, para descubrir los agujeros”, relata Johnny Carter, personaje principal de la novela.      

“El poeta es pues un mago, su objetivo es apoderarse del mundo, no se contenta con nombrar las cosas, quiere llegar a lo profundo de los objetos y los seres; el poeta quiere ser la cosa, quiere ser su esencia.”

Idiota, infantil, obseso, revolucionario, necio, inconformista, cursi, contradictorio, hipnotizador… la lista de los defectos puede seguir alargándose, mas estos han sido suficientes para mostrarnos entredicho uno de los más graves defectos de Cortázar: poeta..

Él mismo relata que cuando mostraba sus poemas a sus amigos, la invariable respuesta era: ¿Cuándo escribís otro cuento?; pues era encasillado dentro del género en el que mejor se desenvolvía. Alguna vez también lo dijo Miguel Oviedo, quien calificó la poesía de Cortázar como “conmovedoramente mala”.

La sentencia debería ser entonces: haberse dedicado a hacer lo que mejor sabía, zapatero a sus cuentos a sus novelas y ya. Pero el propio Julio se pronunció siempre en contra de las etiquetas; buscaba la disolución de los géneros tradicionales. No sólo borrar los límites entre prosa, poesía y drama, sino que ampliar los marcos de la literatura misma. 

Cortázar es un poeta, basta leerlo para darse cuenta de ello; su obra es sin duda alguna poesía, aunque se encuentre alineada como prosa. Si el Capítulo 7 de Rayuela, aclamado hasta el hartazgo, no es poesía, ¿entonces qué diablos es?


No le tengo miedo a los lugares comunes, pues sé que en este mundo no hay nadie más común que yo; por eso termino parafraseando aquel viejo dicho: “De músicos poetas y locos, todos tenemos un poco”. Pero son en realidad pocas personas, excepcionales, las que de esas tres cosas lo tienen todo, Cortázar es el gran ejemplo:  “De músico, poeta y loco, Cortázar lo tiene todo”.


Cuando ella o él te dejen, no perdones,
niégate a comprenderlo.
Cultiva bien tu odio, nunca seas
generoso en palabras o en olvido.
Cuando ella o él te dejen, nunca digas
adiós, o qué vamos a hacerle.
Maldice cada letra de su nombre.
Y júrale odio eterno mirándole a los ojos.
Cuando ella o él te dejen, nunca creas
ni justificaciones ni promesas
y busca las palabras más hirientes
el insulto más infame que conozcas.
Cuando ella o él te dejen, nunca juegues
a ser Rick perdido en Casablanca.
Provoca llanto, dolor, remordimientos
y que el adiós te corte igual que una cuchilla.
Porque cuando ella o él te dejan, habrá alguien
tarde o temprano esperando en otra esquina
y volverán a gozar en otros brazos
y dirán “te amo”. Y “ven, dámelo todo”.
Y olvidarán. ¿Para qué, entonces,
mentir? Que ella o él se lleven
-aunque dure bien poco- nuestro odio
igual que una bandera. Para siempre.

(Manual para salvar el odio, Salvo el crepúsculo)


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