Regalo de cumpleaños

Written by Edgar Rodriguez on Saturday, November 17, 2007 at 4:19 PM

La semana pasada se cumplieron 24 años de mi alumbramiento, aveces pienso que es algo que no deberiamos festejar demasiado, nacer es una experiencia traumática. No crean que lo digo por propia experiencia, yo no me acuerdo de ese momento; pero hace unos días Zayil fuéº a tomar un curso y me dejo sólo con Ámbar, entonces ella y yo hablamos seriamente de padre a hija y me lo contó todo: lo calido que es el cuerpo de una mujer por dentro, lo cómodo que se siente estar ahí perdido y no tener que preocuparse por nada, tener la paz que sólo es capaz de brindar el interior de una mujer. No soy tan ingenuo para creerle todo así de primera (después de todo ¿qué puede saber un bebe de la vida?) pero debo confesar que Ámbar me puso a pensar. Intuyo que por eso los hombres generalmente buscamos regresar ahí adentro, al cuerpo de la mujer, el mejor lugar para estar, el más placentero, el que más paz puede brindarnos. De ahí venimos y ahí buscamos volver, somos vaginautas que siempre ansiamos regresar al origen. Por eso después del coito generalmente el hombre se encuentra rendido, en armonía, incapaz de pensar racionalmente o hilar mas de dos ideas con cierta coherencia (por eso me declaro impotente cuando después de hacer el amor Zayil me pide que le cuente un cuento), estamos como bebes recién nacidos, expulsados del paraíso en el cual nos hubiera gustado quedarnos toda nuestra vida. Por eso la semana pasada cuando Zayil me preguntó que quería de cumpleaños le conteste “volver al origen” y ella se me quedo viendo un poco extrañada, quizás pensando (¿desde cuándo Edgar se volvió tan metafísico?) yo le explique mi idea y ella sonrió con la natural coquetería de una mujer que ansia ver nacer otro hijo. Y así fue, omitiré detalles pues esto no es un blog porno, pero en mi cumpleaños cumplí mis designios como vaginauta en busca de perpetuar la dicha (por que con Ámbar ya perpetuamos la especie).

Incendio

Written by Edgar Rodriguez on Saturday, November 03, 2007 at 9:09 PM

Cada vez que me siento a la computadora dispuesto escribir algo me interrumpe; Ámbar despierta presa de “terrores nocturnos”, descubro por televisión un maratón de los Simpsons, me da un ataque de pulcritud y me pongo a lavar los trastes de la semana (mientras los mosquitos me miran circunspectos), Zayil necesita que la escuche, yo necesito que ella me escuche a mi… nos sobran los motivos.
Ayer, mientras dilucidaba una idea referente al bing-blang y detonaciones cotidianas, tocaron a la puerta. Por la hora supuse que era el vecino de arriba, encargado del mantenimiento del edificio, con otra perorata de pendientes para terminar diciéndome que le debo seiscientos pesos y yo contesto que si, mañana se los pago y el asiente y nos despedimos amablemente mientras cada uno piensa que el otro está mintiendo. Pero no era él, Era un hombre vestido de amarillo y con un casco rojo; por las fechas mi primera intuición fue que se trataba de un disfraz, pero no, realmente era un bombero.
“Disculpe estamos buscando un incendio” lanzó a bocajarro el hombre en el umbral de la puerta. Tarde en reaccionar, sabía que decir si hubiera sido el vecino o un pedinche de día de brujas, pero jamás pasó por mi cabeza toparme con un bombero. Sé que cuando hay un siniestro se llama a los bomberos y entonces en la estación todos se alistan, bajan por un tubo deslizable, suben a un camión rojo con sirena y manejan a toda velocidad hasta el lugar donde fueron requeridos; pero jamás había escuchado que los bomberos buscaran incendios a domicilio. Pensé que posiblemente en estas fechas escaseen las catástrofes y por eso los bomberos salen a tocar casa por casa para buscar incendios; me pareció un poco absurdo, pero no por ello menos noble. Pensé que tal vez así deberíamos ser todos, ir tocando de casa en casa para ver quien requiere de nuestros servicios; que los doctores buscarán enfermedades, los abogados litigios, los contadores declaraciones de impuestos, los ingenieros desperfectos estructurales, los maestros imberbes y los escritores hastío. Me imagine yo mismo tocando en la puerta de mi vecino de arriba y diciendo: “Disculpe, busco aburridos, desesperanzados, ingenuos”.
El hombre con el casco rojo seguía en la puerta esperando mi respuesta. Pensé que bien podría aceptar su ayuda: tengo un fuego en la comisura izquierda del labio, cada vez que prendemos el boiler del departamento la acumulación de gas provoca una ligera explosión, la sopa de pasta se quemo, Zayil y yo discutimos, terminamos escupiendo fuego, Ámbar lloraba, esta rozada, le arde su culito, es como un incendió que fustiga su piel, Zayil explotó, las puertas crujieron, la estufa se burló de mi, chamuscó mi dedo cuando pretendí quitar la cacerola con la sopa achicharrada, quise tomar café pero me escalde la lengua y la taza resbalo de mi mano, el liquido caliente cayó sobre mis pies descalzos, preferí tomar un güisqui, me puse a escribir, tomaba sorbito a sorbito y sentía como mi pecho ardía, intenté prender un cigarro pero los cerillos Talismán del signo Escorpión no prendieron, todo estaba a punto de implosión y entonces tocaron a la puerta…
Me encogí de hombros y cerré la puerta. Zayil bajo y preguntó quien era, “un bombero” conteste, “¿buscaba dulces?”, “no, un incendio”, “¿un qué?”, “un incendio”, “¿para qué?”, “supongo que para apagarlo”, “¿y lo encontró?”, “no, todavía falta tiempo”, “¿para qué?”, “para que todo esto estalle”, “tal vez debiste decirle que volviera mañana”, “o el próximo año”, “o en cinco minutos”, “o tal vez nunca”, “algún día lo vamos a necesitar”… Pensé en detener la platica en escalda a discusión y salir a pedirle ayuda al bombero, pero no; es mejor llegar hasta las últimas consecuencias, tal vez Kurt Kobain tuvo razón: Es mejor arder que apagarse lentamente

Los arrimados

Written by Edgar Rodriguez on Thursday, October 11, 2007 at 4:00 PM

¡Tres días fuera! Cada vez que visitamos a los papas de Zayil es inevitable, la inercia nos impele en quedarnos en su casa más de lo pertinente. Tres días fueron suficientes para que nuestro departamento fuera invadido. Siempre es lo mismo, cuando regresamos es común encontrarlos en la cocina asediando la fruta; pero esta vez fue un exceso. Apenas abrí la puerta salieron huyendo tres de ellos, vaticinio del desconcierto que nos esperaba adentro. Esta vez no bastó asaltar nuestra cocina, nada conformistas, se apropiaron de toda la casa. Claro, debo admitir cierta culpabilidad nuestra, no fue buena idea dejar los trastes sucios y la ventana entreabierta como una invitación al banquete. Estaban, repito, por todos lados, unos aseñorados en el comedor, otros descansando en los sillones o durmiendo en nuestra cama. No parecen tener respeto por nada; comieron nuestras galletas, ensuciaron el baño, bebieron mi cerveza, estropearon la televisión, revolvieron los libros, ¡saturaron el Internet de banda ancha! ¡No podemos permitir esto! Exclame un poco exaltado. Estaba decidido a terminar de una vez por todas con ellos, pero me detuvo mi esposa, con su mirada compasiva. Hermosa mujer, la quiero casi tanto como me desespera algunas veces. Zayil no quiso que los exterminara a todos usando el infalible H24. Imagínate, comento preocupada, que después nos tocara a nosotros reencarnar en mosquitos, que mal karma nos cargaríamos. Pero se lo merecen, respondí de inmediato, si yo fuera mosquito te aseguro que tendría un poco mas de respeto por la propiedad ajena, no como estos bichos con aspiraciones comunistas. Además, contraataco Zayil, esos insecticidas son muy dañinos, no sólo para nosotros también para las plantas y sobre todo para Ambarcita (Ámbar es nuestra hija de un año). Me encogí de hombros ante su argumento irrebatible. Pero entonces qué hacemos, pregunte preocupado, ¿mudarnos? Ella me dirigió una mirada que lo decía todo: no seas mamon pinche Edgar. Pues abre las ventanas para que se salgan, aseveró después de insultarme con los ojos. Claro para que entren más, y por que no les enviamos también una invitación por correo electrónico para avisarles a todos los mosquitos de la ciudad. Otra mirada de insulto: ya bájale a tus pendejadas Edgar, me estoy encabronando. Me encogí de hombros, otra vez, y abrí las ventanas. Desde la cocina alcanzamos a percibir un agudo silbido, como un llamado; en instantes el numero de mosquitos se había multiplicado, entraron zumbando a gran velocidad por las ventana recién abierta. Sin importarles nuestra presencia abrieron el refrigerador y sacaron la comida, destendieron la cama, ensuciaron la alfombra, sacaron los juguetes de Ámbar, revolvieron mis calcetines, fumaron mis cigarros y, cuando aún no salíamos la estupefacción, nos empujaron afuera del departamento y cerraron la puerta, con llave por supuesto. Una vez recuperado del estupor no puede ocultar una sonrisa. Zayil no quería verme, intentó postergar lo inevitable, pero finalmente lo hizo y entonces cuando estuvimos de frente tuve mi momento de gloria, disfruté cada sílaba como nunca: te-lo-di-je, sentencié inmisericorde. Tal vez debamos darles tiempo, comenté muy serio, ya sabes lo que dicen: el flojo y el arrimado a los tres días apesta. Zayil sonrió y regresamos juntos a casa de mis suegros.

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