Hoy en la mañana me senté a desayunar un poco preocupado, dos ideas me agobiaban: los reyes magos y los asesinos seriales. Una cosa no tiene mucho que ver con la otra, salvo que ambos son conceptos que habitan más en el imaginario colectivo que en la realidad. Mi preocupación por los reyes magos era por que no había comprado nada… perdón quise decir que los reyes magos no habían comprado nada para Ámbar. Por otro lado, la idea de los asesinos me seguía rondando después de una investigación que hice para documentarme un poco para una novela que pretendo escribir, de la cual no he conseguido más de tres cuartillas mediocres. Para desayunar sólo había café preparado, así que asalte la alacena de la casa de mis suegros, en la cual encontré una caja de “Korn Flakes”; no acostumbro comer estas cosas pero como tenia flojera de buscar otra cosa me serví de estas supuestas hojuelas de maíz en un plato, pero no había leche así que les puse café. Mientras masticaba mi extraña mezcla pensaba en los asesinos seriales en México, por ejemplo en el caníbal de la guerrero, en la mata viejitas e incluso en Goyo Cardenas. Tal vez es un tema muy trillado para las novelas, como los reyes magos son un tema común en estos días, sería mejor escribir y pensar en otras cosa o darle la vuelta a los temas... como una viejita que mata asesinos, eso puede ser una buena ida, tal vez podría comenzar con una escena de una mujer de 80 años leyendo el periódico, pero no cualquier periódico, debe ser la Prensa o el Metro, entonces en su cabeza comienza a trabajar una idea, mientras desayuna cereal por supuesto, vengar a su hermana que fue asesinada por la mata viejitas y después de eso, sentirá tanto placer en ejecutar y planear la muerte que seguirá con una cadena de ajusticiamientos… es demasiado, con que fuerza puede matar una mujer de 80 años a un asesino serial… este cereal ya esta muy remojado y no tiene muy buena cara… que tal los reyes magos asesinos! Ya estoy desvariando, creo que no me cayo bien este desayuno… los cereales remojados me ven con cara de pocos amigos, intuyo que esconden algún arma en el fondo del plato… Por la tarde planeaba ir al centro para comprar… digo para que los reyes compararan algo para Ámbar, pero ahora me siento mal del estomago, es culpa de ellos, de los cereales no de los reyes magos, los imagino dentro de mi cuerpo haciendo estragos en mi intestino, son unos asesinos cereales… y los reyes? Bueno, mientras yo me sienta mal, ellos seguirán haciéndose majes.
Asesinos cereales y reyes majes
Written by Edgar Rodriguez on Saturday, January 05, 2008 at 10:24 PM
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Otros desvarios
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El Complot Mongol - Rafael Bernal
Written by Edgar Rodriguez on Friday, December 28, 2007 at 4:15 PM
Pero al macho matón mexicano le entra lo sentimental y ahí esta haciéndole al héroe, a la novela Palmolive. ¿Será que de viejo uno se vuelve maricón? O le entra a la cabeza eso que llaman conciencia. ¡Pinche conciencia! Como toda novela negra tenemos a un hombre rudo (o que algún día lo fue, por que ahora se le arruga nomás de pensar en Martita y hasta se pone a temblar como si fuera novio adolescente. ¡Pinche adolescencia!), una bella mujer en apuros (esa es Martita, la cual piensa que Filiberto es una persona muy buena, pero si supiera de todos los muertos que se carga), un caso por resolver (un supuesto complot para matar al presidente de los gringos.. y a mí que carajo me importa el presidente de los Estados Unidos y que carajo me importa la paz mundial. ¡Pinche paz mundial!), dinero de por medio (medio millón de dólares en purititos billetes de cincuenta) y un final sorpresivo (que no se los voy a contar).
Además al estar ambientada en México no podía faltar un involuntario retrato social de la vida de la ciudad a finales de los 60´ y el lenguaje florido, lleno de dichos (“El que no conoce a Dios, se inca ante cualquier pendejo”) y de groserías. ¡Pinches groserías! Hay quienes dicen que están de más, que tanta pinche repetición sólo cansa, es un recurso fácil y empobrece el lenguaje… ¡Pinches puristas de la lengua! Pero Filiberto no le hace nomas a eso de matar gente, investigar y enamorarse a lo pendejo; también le sabe de política y le hace al filosofo en algunos monólogos en los cuales se funden el narrador (en tercera persona) y el personaje principal del libro, Quién lo hubiera pensado Filiberto, tú tan machote, tan aquímischicharronestruenan, tan sabelotodo y tan nadameespanta… y al final. ¡Pinche final! Tan solo, tan existencialista que nos saliste, no mames si esto era una novela negra no una obra de Sartre. ¡Pinche Sartre! Pero tienes razón Filiberto, tanta muerte termina por ponerlo a uno un tanto triste y con ganas de rezar (aunque seamos ateos) y pensar que ahí esta Martita (y que nunca se le ha hecho con una china) esperando, tan sola, más sola que nunca, por que como buen pistolero Filiberto nomas sabe abrir la puerta a los demás, pero el jamás entra…. a nadie le gusta andar haciéndole al muertito. ¡Pinche muerte!
No me gustan los juicios trillados del tipo: “una novela imprescindible…”, “la primera novela que…”, “novela llena de ironía…” y otras de peor envergadura; por eso me remito a lo hechos: la calle de Dolores, un complot, Martita, un matón vejestorio de la revolución, un misterio internacional, la intrincada política mexicana y muertos, muchos, muchos muertos, como muchos creen (¡Pinches ingenuos!) que debe de ser una novela negra; esta vale más por sus dichos, sus “pinches” y sus monólogos, que por la acción y los muertos. Sí, debo decirlo: es un buen libro… ¡Pinche libro!
Además al estar ambientada en México no podía faltar un involuntario retrato social de la vida de la ciudad a finales de los 60´ y el lenguaje florido, lleno de dichos (“El que no conoce a Dios, se inca ante cualquier pendejo”) y de groserías. ¡Pinches groserías! Hay quienes dicen que están de más, que tanta pinche repetición sólo cansa, es un recurso fácil y empobrece el lenguaje… ¡Pinches puristas de la lengua! Pero Filiberto no le hace nomas a eso de matar gente, investigar y enamorarse a lo pendejo; también le sabe de política y le hace al filosofo en algunos monólogos en los cuales se funden el narrador (en tercera persona) y el personaje principal del libro, Quién lo hubiera pensado Filiberto, tú tan machote, tan aquímischicharronestruenan, tan sabelotodo y tan nadameespanta… y al final. ¡Pinche final! Tan solo, tan existencialista que nos saliste, no mames si esto era una novela negra no una obra de Sartre. ¡Pinche Sartre! Pero tienes razón Filiberto, tanta muerte termina por ponerlo a uno un tanto triste y con ganas de rezar (aunque seamos ateos) y pensar que ahí esta Martita (y que nunca se le ha hecho con una china) esperando, tan sola, más sola que nunca, por que como buen pistolero Filiberto nomas sabe abrir la puerta a los demás, pero el jamás entra…. a nadie le gusta andar haciéndole al muertito. ¡Pinche muerte!
No me gustan los juicios trillados del tipo: “una novela imprescindible…”, “la primera novela que…”, “novela llena de ironía…” y otras de peor envergadura; por eso me remito a lo hechos: la calle de Dolores, un complot, Martita, un matón vejestorio de la revolución, un misterio internacional, la intrincada política mexicana y muertos, muchos, muchos muertos, como muchos creen (¡Pinches ingenuos!) que debe de ser una novela negra; esta vale más por sus dichos, sus “pinches” y sus monólogos, que por la acción y los muertos. Sí, debo decirlo: es un buen libro… ¡Pinche libro!
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Sueños robados
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Ámbar ¿Borrego?
Written by Edgar Rodriguez on Monday, December 17, 2007 at 6:03 PM
La semana pasada Ámbar participó en su primera pastorela, era las más chiquita de todos y la disfrazamos de borrego, pero como esta muy chiquita no participó mucho, sólo estuvo sentada en medio del escenario mientras un grupo de niños (disfrazados de borregos, duendes y demás entes navideños) daba vueltas por todo el escenario; después se espantó (la entiendo, a veces la navidad también me da miedo) y lloró. Abajo todos los padres de familia, que no estaban disfrazados de borregos, aplaudían al unísono y dejaban escapar eventuales exclamaciones del tipo: “que lindura”, “mi vida”, “ese es mi hijo” y otras de igual índole. Después de su breve pero gloriosa participación (bien Ámbar, demuéstrales, también se puede llorar en navidad) mi pequeño borreguito se sentó con nosotros (sus padres y abuelos) y durante un tiempo estuvo aplaudiendo. Yo me tuve que ir al trabajo a la mitad del festival, lo mejor ya había pasado. Zayil también se quería ir (creo que ninguno de los dos estamos hecho para esas cosas), pero las maestras de Ámbar nos dijeron que faltaba un número final. Pero Ámbar no soportó tanto, definitivamente es mi hija, se quedó dormida antes de que terminara.
Mientras iba de camino al trabajo pensaba en esta mi primer experiencia del otro lado del escenario, recordé cuando yo era el que hacia el ridículo disfrazado de cuanta cursilería llegaban a elucubrar las maestras (en mi memoria conservo haber sido un negrito bailarín, un conejo y un monigote con sombrero que me cubría todo el cuerpo). Recuerdo que más de una vez hubiera preferido no subir al escenario y pienso que posiblemente Ámbar sienta lo mismo. Ella, disfrazada de borrego, tal vez busca no ser lo que representa su efímero disfraz (costó cien pesos y no creo que vuelva a usarlo); mientras nosotros, medio disfrazados de lo mismo, seguimos la costumbre de llevar a nuestra hija a una guardería donde te cobran un ojo de la cara, organizan festivales (que también te cobran) y educan a los niños, su principal clase: “como ser un borrego ejemplar”. Tal vez soy un mal padre pero pienso que es mi deber deseducar a mi hija en algunas cosas que puede aprender o más bien imitar de la guardería. Me imaginé al final del festival navideño a todos los espectadores salir del auditorio e intercambiar palabras: “beee”, “bee”, “bee”, “beee”… pero ninguno estará disfrazado; mientras nuestros hijos, los más pequeños de todos, dan el primer paso: disfrazarse, para entender cual será su papel en esta sociedad, después se quitaran sus antifaces por que ya no los necesitaran, los habrán asumido.
Pienso, mientras llegó a mi trabajo, que Ámbar se veía muy hermosa vestida de borrejo, pero para nada preferiría esa efímera imagen de belleza claudicada ante la posibilidad de que ella no se convierta en eso. Bien Ámbar, bien por llorar en lugar de decir “bee”, gracias por recordarme que navidad no es necesariamente felicidad, bien por ser tú independientemente de la fecha que se celebre; yo te prometo ahora, por escrito, que nunca intentare reprimirte o forzarte a ser feliz o sonreír sólo por que así lo dicen las costumbres y los comerciales de TV.
Mientras iba de camino al trabajo pensaba en esta mi primer experiencia del otro lado del escenario, recordé cuando yo era el que hacia el ridículo disfrazado de cuanta cursilería llegaban a elucubrar las maestras (en mi memoria conservo haber sido un negrito bailarín, un conejo y un monigote con sombrero que me cubría todo el cuerpo). Recuerdo que más de una vez hubiera preferido no subir al escenario y pienso que posiblemente Ámbar sienta lo mismo. Ella, disfrazada de borrego, tal vez busca no ser lo que representa su efímero disfraz (costó cien pesos y no creo que vuelva a usarlo); mientras nosotros, medio disfrazados de lo mismo, seguimos la costumbre de llevar a nuestra hija a una guardería donde te cobran un ojo de la cara, organizan festivales (que también te cobran) y educan a los niños, su principal clase: “como ser un borrego ejemplar”. Tal vez soy un mal padre pero pienso que es mi deber deseducar a mi hija en algunas cosas que puede aprender o más bien imitar de la guardería. Me imaginé al final del festival navideño a todos los espectadores salir del auditorio e intercambiar palabras: “beee”, “bee”, “bee”, “beee”… pero ninguno estará disfrazado; mientras nuestros hijos, los más pequeños de todos, dan el primer paso: disfrazarse, para entender cual será su papel en esta sociedad, después se quitaran sus antifaces por que ya no los necesitaran, los habrán asumido.
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