Yo Reptil

Written by Edgar Rodriguez on Saturday, October 18, 2008 at 9:45 PM

Me transformo, se quemó mi epidermis y ahora cambio de piel para poder seguir sobreviviendo. Ahora pueden llamarme Tom Collins, me gusta la playa, el mar y las chicas que trabajan como animadoras en los hoteles; por culpa del sol ahora soy más negro y más imbécil (algunas neuronas se quemaron), aunque debo admitir que esto último también fue culpa del paquete todo incluido que incluía (pleonasmos, hermosos y repetitivos pleonasmos) todos los cocteles que quisieras.
El primer día fue simple, quería cuidarme para no pasar crudo todas las vacaciones, me concentre en el tequila y sus respectivas derivaciones; para el segundo comencé con los licores, principalmente el de café y almendra (bebidas para niñas, pero que va, endulzan la vida hay que admitirlo); para el tercero llegó el ron con sus respectivas mezclas; ya para el cuarto la Ginebra y el Vodka terminaron por consolidar mi estado etílico vacacional.
Regresar a la realidad sería un golpe duro, por eso pensé que sería mejor quedarme allá, en esa tierra caliente, cambiarme de nombre y conseguir un trabajo como barman; una vida simple, con tiempo suficiente para escribir, disfrutar todos los días de la arena fresa, el mar tibio de las costas del pacífico y la animadora costeñita. Pero igual que siempre: pensé, pensé demasiado y sólo eso.
Me arrastre por el suelo un rato antes de levantarme con aire decidido para cambiar nuevamente, más que cambiar decidí volver, escribir nuevamente sobre algo que no tenga que ver con la chamba, buscar tiempo debajo de las camas, regresar a las andadas con la banda imbécil ¿por qué no? , después de todo eso soy, eso siempre he sido, un simple imbécil con falsas aspiraciones, la vista nublada por las dudas, la boca y los dedos ansiosos por cuestionar, divertirse, saltar, imbecilear…

Pueden llamarme Tom Collins, soy un imbécil, está es mi nueva piel:

Help is comming...

Written by Edgar Rodriguez on Friday, June 13, 2008 at 11:19 AM

El tiempo me consume como a una de esas veladoras de iglesia que se van agotando poco a poco sin que nadie perciba siquiera como su luz se apaga, supongo que por eso en algunas iglesias ahora ponen de esas veladoras artificiales que se prenden cuando la gente mete una moneda a la maquina, a nadie le gusta ver una luz desperdiciada; pero la luz artificial es apenas un remedo de la natural y bien vale la pena el riesgo y sacrificio de brillar por luz propia, antes que optar por comprarse un foco por temor a que la parafina termine de consumirnos.
Pues bien mi pequeña vela corre riesgo de apagarse por el vendaval de costumbres, gastos y rutinas que me avecina, pero estos tiempos de lluvia me han servido para descubrir que hay más de una mano dispuesta a ayudarme con un paraguas para evitar que se apague mi luz con estos aguaceros, así como personas capaces de encenderme (en todos los sentidos y significados que quieran darle a dicha palabra) y contagiarme de su luz.
El tiempo apremia, es nuestro peor enemigo, la verdadera batalla es contra él. Pero los espacios se buscan y se consolidan poco a poco; basta sacar de vez en cuando la cabeza del hoyo, para comprobar que afuera el mundo sigue existiendo y que hay muchas cosas por hacer, mientras, tomaremos fuerza, respiremos profundamente y tengamos paciencia:

help is comming my angel, help is comming…

Un fuego humano

Written by Edgar Rodriguez on Wednesday, April 09, 2008 at 9:40 PM

Hay una flama que vale más que cualquier incendio forestal o pequeña chispa que sea capaz de generar cualquier insignificante cerrillo de cocina en sus mejores días. Es quizá el fuego más valuado en nuestro días, aquel que ningún bombero en su sano juicio pensaría siquiera en intentar apagarlo: el fuego olímpico.
Dada su importancia, son irreprochables todas las medidas de seguridad que sean necesarias para que la flama se mantenga viva, no vaya a ser que un viento loco se avecine sobre el fuego y ocurra una fatalidad irremediable. No vaya a ser que algún desquiciado perpetué algún atentado con un extintor, un chorro de agua o un simple soplido. Por eso en Paris, Londres y San francisco, se han montado intensos operativos con la participación de miles de elementos de seguridad para resguardar el fuego olímpico, no es que se desconfié de alguien en particular, pero nunca esta de más extremar precauciones cuando se trata de una persona, perdón quise decir fuego, tan distinguido.
Porque ese fuego es símbolo de la olimpiadas que se llevaran acabo durante el presente año en Beijing, China. Y las olimpiadas han sido siempre sinónimo de unión, fraternidad y sana competencia; después de todo, ¿acaso hay algo más noble, saludable y enriquecedor (en el buen sentido del término, desde luego) que el deporte? Y el fuego olímpico es un símbolo de esa unión que traspasa fronteras, idiomas, colores y diferencias políticas. Por eso se respeta al fuego, por eso se le honra y se le enaltece, por que nadie, absolutamente nadie (salvo honrosas excepciones) puede o debe estar por encima de él, mucho menos por supuesto unos cuantos tibetanos, simples humanos.
Que si han sido golpeados, no me consta, que si son oprimidos, quizá; pero nada de eso justifica pretender apagar la sacrosanta flama ¿En qué cabeza cabe? Digo si quieren protestar pueden poner un coche bomba en Pekín o cualquier otra ciudad china (menos Beijing, porque ahí serán las olimpiadas), pero ¿por qué se meten con la inocente flama? Acaso piensan que las supuestas muertes de los tibetanos valen más que la flama, son más importantes. Acaso alguno de esos tibetanos muertos fue resguardado por, ya no digamos miles, al menos un guardia de seguridad. ¡Claro que no! La evidencia es flagrante, ninguno de esos tibetanos, ni siquiera todos juntos, valen más que el santo fuego olímpico. Porque ninguna vida humana vale más que nuestros símbolos y nuestras instituciones, gracias a los cuales se sustenta la perfecta sociedad en la cual vivimos todos, pletóricos de derechos, libertades y justicia. ¡Hay de aquel que apague la flama! Yo exigiría que fuera condenado a muerte.

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