¿No oyes cantar a los muertos?

Written by Edgar Rodriguez on Wednesday, August 01, 2012 at 5:35 PM


Me acorde de Rulfo, de la tierra agreste, del desierto, de los perros de traspatio, esos que sólo saben ladrar.  Soy neófito en materias musical, a lo mucho toco la puerta y tengo tres pies izquierdos; pero una cosa sí se: la música es capaz de revivir a los muertos. 
La primera vez que presencie este milagro fue en el ‘Ruta 61’, llegue ahí gracias a un festival llamado ‘Viva Vivaldi’ en el 2008, el programa incluía un concierto titulado: Vivaldi y el blues. Entre los invitados estaba José Cruz, tuve un orgasmo sólo de pensarlo, pero la realidad es que la mezcla Cruz y Vivaldi era demasiado buena para ser verdad. 
Descubrí que el Ruta 21 sólo utilizaba el festival para publicitar sus eventos que no tenían nada que ver con las cuatro estaciones. Pero ver a José Cruz valía la pena. Tras un par de horas de espera todas las miradas se dirigieron a la entrada del lugar y dejaron de prestar atención a los que tocaban. Ahí estaba, el padre del blues en México, caminaba con pasos cortos, ayudado de un bastón y el brazo de alguien más, atrás de él arrastraban un tanque de oxígeno. Yo pensé que era una lástima verlo así, mejor me hubiera quedado con la imagen que tenía de él a inicios del siglo XXI en el Museo del Chopo: lleno de vitalidad, desafiante, iluminado, en un concierto de tres horas y media.
Pero ya estaba ahí, había pagado mi entrada, así que espere. Esa madrugada presencié un milagro: el mismo hombre que una hora antes apenas podía caminar y hablar, estaba ahí, sobre el escenario, tocó la armónica como un desquiciado, cantó, estaba vivo, más vivo que yo, carajo, más vivo que nadie en ese puto lugar. 
No lo soñé. Lo se, por que hace diez días volví a presenciar el mismo prodigio. Esta vez fue en el ‘Club Atlántico’, a donde Cruz llegó alrededor de las 2:30, después de cuatro bandas teloneras de cuyo nombre no quiero ni acordarme. Para esa hora debo confesar que ya estaba borracho; no fue culpa mía, tenía toda la intención de mantenerme sobrio, pero llegaron cuatro mujeres seductoras, me invitaron a su mesa y me convidaron de sus bebidas embriagantes (no es chiste, eso paso de verdad y lo peor es que al final estaba tan ebrio de alcohol y blues que no le pedí teléfono a ninguna, hay que ser imbécil).
Esta vez Cruz lucia aún peor: llegó en silla de ruedas, en medio de un tumulto de gente, tuvieron que ayudarlo a subir al escenario. Ahí se sentó, dijo algunas palabras y comenzó a tocar su armónica, lentamente, con paciencia de amante experimentado, subió de intensidad, poco a poco. Tomó su ‘medicina’, hasta que al fin logró ponerse de pie, cual Lázaro.
Me acerque para ver de cerca, incluso quise tocarlo para cerciorarme  de que era real. Me hubiera gusta meter el dedo a través de los hoyos en las palmas de sus manos, para así creer, yo: hombre poca fe. Esta vez el milagro duro menos, apneas una hora, tras la cual, la luz de Cruz volvió a apagarse para dejarlo ahí, como un hombre cualquiera en una silla de ruedas. 
Al salir, aún resonaba en mi cabeza el coro de ‘El Quinque’: “habría que matarme, tendrían que matarme para arrebatarme el blues”. Afuera, sentí un escalofrío cuando pensé que, a pesar de la música, el blues, la armónica, los aplausos, a pesar de cualquier cosa, ese hombre, el tal José Cruz, morirá tarde o temprano. Como yo, como mi padre, como mis hijos. Pero me queda la satisfacción, el consuelo, de saber que poder escuchar cantar a los muertos gracias a las frívolas, la utilitarias, la tecnológicas, las sin alma, reproducciones de audio en los formatos existentes y por inventar (como dicen ahora los contratos).

Poeta de elevador

Written by Edgar Rodriguez on Wednesday, March 07, 2012 at 9:27 PM

Cuando subí al elevador apenas me percaté de que había alguien más ahí. Estaba absorto en la lectura de una novela policíaca, por lo cual tampoco sentí la mirada insistente. El ascensor llegó al tercer piso, antes de que se abriera la puerta mi acompañante me preguntó, con tierna timidez: “¿Ese libro es de poesía?”.

Sólo hasta entonces reparé a detalle en ella. Una mujer bajita, delgada, entre 30 y 40 años, vestía el uniforme que usan las personas encargadas de la limpieza en el edificio. Parecía cansada, sus ojos tristones escabulleron a los míos para clavarse en el suelo, como si
estuviera apenada después de decir una estupidez. La puerta se abrió, no había tiempo para pensar, me limité a murmurar un seco, un frío, un inconsciente: ‘No, es una novela”. Di un paso afuera y miré de reojo como se cerraba el elevador mientras ella levantaba los ojos y me
dirigía una mirada que me pareció suplicante.

No había nada más que hacer, la había defraudado. Sentí un hueco en la panza y pensé que tal vez debería correr al cuarto, al quinto, al sexto piso y apretar el botón del ascensor. Recibir a esa mujer con una sonrisa y decirle: lo siento, me equivoqué, en realidad este sí es un libro de poesía, es un antología con las mejores poesías amorosas de todos los tiempos, están aquí las más bellas, las más sublimes, las más evocativas y todo lo que usted pueda necesitar o buscar en una poesía.

Era una tontería. Mi entereza y sentido común volvió a ganar la batalla, quedó sepultado otro impulso en el panteón inconmensurable de mi cabeza (o mi corazón?) (soy cursi de closet o entre paréntesis). A cambió dediqué algunos minutos a unos de mis pasatiempos favoritos: imaginar. Rebobiné la película hasta el momento antes de su pregunta. Apenas terminó ella de hablar cuando yo ya tenía una respuesta en los labios y una mirada candorosa y un extraño sentido de fraternidad.

Una mentira, sí eso debí decirle desde el principio. Cuando ella me preguntó qué clase de poesía, seguí con el juego de contestar lo que ella quería. Poesía amorosa. Entonces ella salió del elevador junto conmigo. Nos quedamos parados un momento en el vestíbulo, mientras
me confesaba que siempre había soñado con que algún día su esposo le dedicara unos versos de amor.

Yo le conté que ese libro rojo entre mis manos era una colección de poetas mexicanos. Ella preguntó, con la misma hermosa timidez, si podría yo leerle uno. Yo le dije que sí. Abrí una página al azar y comencé a recitar como si estuviera leyendo el único poema que me sé de memoria: “ Me gustas cuando callas porque estás como ausente, y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca. Parece que los ojos se te hubieran volado y parece que un beso te cerrara la boca. Como todas las cosas están llenas de mi alma emerges de las cosas, llena del alma mía. Mariposa de sueño, te pareces a mi alma, y te pareces a la palabra melancolía”.

Ella interrumpió, conmovida, para preguntarme. ‘¿Es de Octavio Paz? ¿El mismo de las monedas?’. Si, es de él mismo, respondí sin pensarlo. Me puede prestar su libro para copiar el poema. No se preocupe, yo lo trascribo, lo imprimo, se lo regaló. Me sentí magnánimo.

Hasta ahí llegó mi fantasía matinal. De ahora en adelante cada vez que suba al elevador estaré más atento a quienes me rodean; si alguna vez alguien vuelve a preguntarme qué
estoy leyendo, responderé que es poesía y leeré (recitaré) el Poema 15 de Neruda. Cuando me cuestionen sobre el autor, diré que es Sabines, Pacheco, Sor Juana, Withman, el Pimporrro… en todo caso no bajaré en el tercer piso, presionaré el botón del último, la azotea. Una vez ahí invitaré a mi interlocutor para seguir subiendo, me impondré vestidura de poeta, fauno, nefelibata… regalaré tibieza empacada en la forma de una breve mentira.

Leer NO es bueno...

Written by Edgar Rodriguez on Monday, December 26, 2011 at 4:28 PM

El hombre de las baguets miró de reojo el libro que tenia yo bajo el brazo. ¿Qué estas leyendo?, me preguntó mientras ponía sendas rebanadas de lomo canadiense sobre una abundante cama de lechuga. Asfixia, de Palahniuk, respondí mientras pensaba que hace un año el mismo tipo le ponía más jamón a las baguets del que ahora estaba usando, pero antes era un tipo más inocente, comenzaba en el negocio, prodigaba los enceres, no escatimaba en carnes frías, ni verduras, ni aderezos, eran otros tiempos claro, porque ahora estaba la crisis y los alimentos…

Que bien que lees, leer es bueno, aseveró el chef e interrumpió mi tren de ideas con la misma ligereza con la que hubiera opinado del clima o las elecciones del 2012. Si, supongo que es bueno. Esa debió ser mi respuesta, sensata y cortante para no amargarme la comida del día, para dejar que todo siguiera con su cause normal. Pero no, ese día, no se por qué, amanecí con animo beligerante.

No, no es bueno, respondí en seco he hice una pausa a propósito para ver su primera reacción: una rebanada de aguacate cayó fuera del pan, e hombre estaba en mis manos. En realidad, continúe inmisericorde, a veces resulta algo malo, por ejemplo muchas veces yo leo mientras camino y en más de una ocasión han estado cerca de atropellarme e incluso me he visto cerca de chocar contra un poste en la calle; no es bueno leer, a veces me pasó de la parada del camión o del metro por ir leyendo, y me pierdo y no tengo más dinero para regresar a mi destino y llego tarde a una cita o al trabajo o a todos lados; no, no es bueno leer, a veces mi hijo tiene hambre o el pañal ya esta sucio, llora por que su colita esta rosada, pero papa esta concentrado leyendo el capitulo crucial de una novela y no se da cuenta y no lo atiende; no, no es bueno, luego mi esposa quiere hablar o quiere hacer el amor (como si el amor no existiera per si y fuera necesario estarlo haciendo todas las noches, o las mañanas o en cualquier rato libre) o quiere ver una película conmigo o quiere salir o quiere simplemente que la pele un segundo y quite la vista del puto libro de mierda en el cual llevo dos horas metido; leer entonces no es bueno, porque puede ocasionar un drama conyugal y una posible separación, un divorcio más para las estadísticas y una familia desintegrada y la sociedad que se va a la mierda por que claro, la familia es la base de la sociedad, todos los saben… ohh no, no, no, no es bueno, uno puede sacar ideas descabelladas de los libros, uno puede llegar a creer que se puede hacer todo lo que se lee, uno puede llegar a aspirar demasiado o soñar demasiado o saber cosas que no debería saber; no es bueno leer si se lee un manual sobre como violar mujeres en el ultimo vago del metro a las 10 de la noche, ¿sabes por qué cerraron esos vagones?, existe un libro de eso, existente libros de miles de cosas, de las más horribles, malvadas, desquiciadas, diabólicas ideas; instructivos para matar a tu propio hijo, a tu padre al vecino al chef de las baguets; no, no es bueno leer por que hay gente que pierde la razón después de leer mucho, hay gente que no hace nada productivo mas que leer, que no trabaja, que no tiene amigos, que no tiene novia, ni vida social, ni paga impuestos, ni se mueve, ni come, ni compra baguets; no, no es bueno leer por que te aleja de esta realidad, te evade de lo importante, de lo apremiante, de las necesidades de los que te rodean; el mundo puede terminarse y morir miles de personas a tu alrededor mientras tu estas leyendo una buena novela de detectives; no, leer no es bueno….

Para este momento el hombre de las baguets ya no estaba, yo estaba sentado en la banqueta, a unos 200 metros de él, con una torta estilo europeo, atascada a la mexicana, mordida hasta la mitad. Comenzaba a llover y yo estaba hablando solo y el chef me miraba desde su puesto, pensando seguramente este tipo esta loco… probablemente, si, muy seguramente, ha leído más de lo normal, por que sí, efectivamente, nunca esta bien hacer nada de más, en otras palabra: favor de no salirse del guacal…

PD: por cierto, para aquellos ingenuos que piensan que leer es bueno porque ayuda a mejorar la ortografía permítanme decirles que eso es una estupidez y yo soy prueba viviente de eso… leer, no sirve, en sentido práctico, para nada. Si quieren hacer algo bueno, útil y práctico, mejor siembren un grano de maíz y postúlense para presidentes.

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