UN MUNDO MARAVILLOSO

Written by Edgar Rodriguez on Friday, February 15, 2013 at 11:56 AM



La mujer y la niña esperan el tren en la estación del metro Tacuba, línea Azul, dirección Toreo. La pequeña, de 5 o 6, máximo 7 años, está sentada en el barandal ubicado entre el andén y las escaleras que pasan por abajo para transbordar. Atrás de la menor hay un vacio de cinco metros de altura, parece peligroso. La madre está preocupada, pero su hija insiste en sentarse ahí, ya la ha hecho otras veces, nunca pasa nada.

Un hombre vestido de traje sube las escaleras. Es cajero en un banco, estudió administración, es un tipo promedio, buena persona, en general. Está cansado de su trabajo, de su matrimonio de diez años, sin hijos, de sus no amigos, de todo. No está triste, sólo aburrido de una vida así, sin emociones.

Cuando pasa junto a la mujer y la niña corre en su dirección . No lo piensa, jamás había hecho algo similar, ni siquiera lo había imaginado, leído en un libro o visto en la televisión. Actúa sin saber por qué, con la palma de su mano izquierda empuja el hombro de la niña y ella cae. El grito de la madre ahoga el de la hija, pero no puede opacar el ruido de una cabecita al chocar contra el suelo. Es como un huevo al caer de un estante en el supermercado. Las escaleras se salpican con una yema roja.

El hombre corre en dirección a las vías, aquello dura poco, 5 o 6, máximo siete segundos. En esos instantes él logra nuevamente sentir algo, una emoción, adrenalina, miedo, culpa, remordimiento, cualquier cosa, se siente vivo. El tren arriba justo entonces y el tipo del traje se arroja a las vías. Antes de morir alcanza a escuchar una estrofa del coro de la canción que suena por el sonido ambiental del metro, es Louis Armstrong: “And i think to my self, wath a wonderful word”.

Mi asalto al banco

Written by Edgar Rodriguez on Monday, September 03, 2012 at 9:32 PM

Caminaba con paso triunfal, un cigarrillo sin filtro apretado suavemente, con estilo, entre mis labios; en una mano la botella de Blackburn y en la otra un libro nuevo, como pocas veces (suelo comprar usados): “Comeclavos” de Albert Cohen. Me sentía el rey del mundo, al menos de mi colonia, o quizá de mi edificio, seguro de mi casa, con certeza de mi mismo (hasta esto dudo a veces). Era de noche y debía la gracia de mis nuevas adquisiciones a un hecho inusitado: esa mañana había asaltado el banco.

Bueno, quizá exagero, pero en términos concretos eso fue lo que paso: salí del banco con dinero que no me correspondía; sí, seguro iré al infierno por esto, mientras no vaya a la carcel no hay problema. En realidad, yo no hice nada malo, nunca lo hago; simplemente iva a realizar una operación por determinado monto de dinero (no diré cifras) y el cajero me entregó más de lo que yo pedí, me percaté, firmé rápido y salí corriendo.

No sé por qué lo hizo, quiero imaginarlo impresionado e intimidado por mi presencia. Pudo pensar: “debo entregarle más dinero, de lo contrario este tipo podría golpearme, matarme, se ve rudo, se ve malo, malo, malo”. Pero la realidad, siempre más simple y llana (¿quién es el imbécil que dijo que la realidad supera a la ficción? seguro una mente limitada) es que seguramente el tipo se equivocó.

Yo me di cuenta al instante, tomé el dinero y salí del banco corriendo. No fuera a ser que el tipo se diera cuenta o una cámara hubiera grabado todo o dios se arrepintiera de pronto de haber sido magnanimo con un tipo medio agnóstico, medio ateo, medio convenenciero, como el cajero (yo no, aclaro). Pero no pasó nada de eso, ni me hablaron más tarde del banco, ni me busco la policía, pero yo, por si las moscas, no pienso regresar a esa sucursal el resto del año.

Al ser dinero malhabido decidí que de igual forma debía malgastarlo, en cosas inútiles, vicios que afectan la salud y el entendimiento: alcohol, cigarros, literatura (quiza también debí comprar una película porno, pero en estos tiempos eso es un anacronismo). Y así iba yo, triunfante, altanero, dueño del mundo y de la noche, cuando alguien interrumpió mi caminar.

Detrás de un resquicio, apareció, como un fantasma, una chica con una bandeja entre las manos: “Compras galletas” murmuró, tímida, inocente, tiernamente excitante. Yo la mire de reojo: era joven, rostro moreno perlado de tristeza, quizá por no haber vendido mucho o nada, menudita, frágil, cabello revuelto, ojos grandes y oscuros. En realidad me pare apenas un segundo, no debía perder tiempo, tenía un whisky, unos cigarros sin filtro, literatura fresca. ¿Para qué quería yo unas pinches galletas caseras? Negué con la cabeza y seguí de largo.

Cuando llegue a mi casa, mientras buscaba las llaves, medite un instante. Recordé el rostro joven, tristón, necesitado de la chica; pensé en su piel de cobre, con los poros de gallina por el frío, con los vellos erizados por el viento y la indiferencia. Tragué saliva, ¿qué podía hacer yo a estas alturas? ¿regresar? ¿comprarle unas estúpidas galletas? ¿Regalarle la botella, los cigarros, el libro? ¿Regalarle un cumplido, un piropo, un buenas noches, una caricia, una mirada, un buen deseo?

Era demasiado tarde. Además de asaltar el banco, ignoré a alguien que necesitaba ayuda. Y me siento mal, terriblemente mal mientras tomo Blackburn, fumo pausadamente, ojeo mi libro  y pienso que debería irme a confesar a la iglesia, un día de estos, quizá lo haga, quizá.... siempre hay una primera vez..      

¿No oyes cantar a los muertos?

Written by Edgar Rodriguez on Wednesday, August 01, 2012 at 5:35 PM


Me acorde de Rulfo, de la tierra agreste, del desierto, de los perros de traspatio, esos que sólo saben ladrar.  Soy neófito en materias musical, a lo mucho toco la puerta y tengo tres pies izquierdos; pero una cosa sí se: la música es capaz de revivir a los muertos. 
La primera vez que presencie este milagro fue en el ‘Ruta 61’, llegue ahí gracias a un festival llamado ‘Viva Vivaldi’ en el 2008, el programa incluía un concierto titulado: Vivaldi y el blues. Entre los invitados estaba José Cruz, tuve un orgasmo sólo de pensarlo, pero la realidad es que la mezcla Cruz y Vivaldi era demasiado buena para ser verdad. 
Descubrí que el Ruta 21 sólo utilizaba el festival para publicitar sus eventos que no tenían nada que ver con las cuatro estaciones. Pero ver a José Cruz valía la pena. Tras un par de horas de espera todas las miradas se dirigieron a la entrada del lugar y dejaron de prestar atención a los que tocaban. Ahí estaba, el padre del blues en México, caminaba con pasos cortos, ayudado de un bastón y el brazo de alguien más, atrás de él arrastraban un tanque de oxígeno. Yo pensé que era una lástima verlo así, mejor me hubiera quedado con la imagen que tenía de él a inicios del siglo XXI en el Museo del Chopo: lleno de vitalidad, desafiante, iluminado, en un concierto de tres horas y media.
Pero ya estaba ahí, había pagado mi entrada, así que espere. Esa madrugada presencié un milagro: el mismo hombre que una hora antes apenas podía caminar y hablar, estaba ahí, sobre el escenario, tocó la armónica como un desquiciado, cantó, estaba vivo, más vivo que yo, carajo, más vivo que nadie en ese puto lugar. 
No lo soñé. Lo se, por que hace diez días volví a presenciar el mismo prodigio. Esta vez fue en el ‘Club Atlántico’, a donde Cruz llegó alrededor de las 2:30, después de cuatro bandas teloneras de cuyo nombre no quiero ni acordarme. Para esa hora debo confesar que ya estaba borracho; no fue culpa mía, tenía toda la intención de mantenerme sobrio, pero llegaron cuatro mujeres seductoras, me invitaron a su mesa y me convidaron de sus bebidas embriagantes (no es chiste, eso paso de verdad y lo peor es que al final estaba tan ebrio de alcohol y blues que no le pedí teléfono a ninguna, hay que ser imbécil).
Esta vez Cruz lucia aún peor: llegó en silla de ruedas, en medio de un tumulto de gente, tuvieron que ayudarlo a subir al escenario. Ahí se sentó, dijo algunas palabras y comenzó a tocar su armónica, lentamente, con paciencia de amante experimentado, subió de intensidad, poco a poco. Tomó su ‘medicina’, hasta que al fin logró ponerse de pie, cual Lázaro.
Me acerque para ver de cerca, incluso quise tocarlo para cerciorarme  de que era real. Me hubiera gusta meter el dedo a través de los hoyos en las palmas de sus manos, para así creer, yo: hombre poca fe. Esta vez el milagro duro menos, apneas una hora, tras la cual, la luz de Cruz volvió a apagarse para dejarlo ahí, como un hombre cualquiera en una silla de ruedas. 
Al salir, aún resonaba en mi cabeza el coro de ‘El Quinque’: “habría que matarme, tendrían que matarme para arrebatarme el blues”. Afuera, sentí un escalofrío cuando pensé que, a pesar de la música, el blues, la armónica, los aplausos, a pesar de cualquier cosa, ese hombre, el tal José Cruz, morirá tarde o temprano. Como yo, como mi padre, como mis hijos. Pero me queda la satisfacción, el consuelo, de saber que poder escuchar cantar a los muertos gracias a las frívolas, la utilitarias, la tecnológicas, las sin alma, reproducciones de audio en los formatos existentes y por inventar (como dicen ahora los contratos).

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