Bajé del autobús, miré el puente y dudé si debía cruzarlo. Recordé ‘Rayuela’, los puentes como símbolos de unión entre puntos, entre países, estados de conciencia, amores, recuerdos, conceptos aparentemente inconexos. Suspiré, exhale nostalgia y me dije no: mejor nicotina. Saqué un cigarro, lo puse en mis labios y busqué en la bolsa interior de mi chamarra de cuero algo para encenderlo.Ahí estaba la caja de cerillos Imperial, signo Escorpión.
Entonces me acordé de Avoar, el viejo amigo Avoar,santa claus poeta, dador de libros, ermitaño sensible con el suelo de su casa cubierto por cáscaras de cacahuates, con sus historias sobre supersticiones para justificar su huevones, sus merengues, su copa de anís, su puro y su diabetes. Lo recordé porque él me aconsejó un día un ejercicio para practicar la paciencia: todas las mañanas al despertar abrir una caja de cerillos, voltearla para dejar caer los 50 o más que esta contenga y luego recogerlos, uno por uno, mientras se cuenta: 1, 2, 3... , así, rutinariamente. Lo había intentado una vez la semana anterior, por eso cuando abrí la caja encontré sólo 7 cerillos de los cuales supuse, según mis cálculos, que al menos 5 debían estar quemados. Era de noche, resultaba difícil reconocer a simple viste cuales servirán y cuales no.
Entonces recordé una película de Jean-Pierre Jeunet, el director de Amélie, mal titulada aquí como ‘Amor eterno’. El nombre original de dicha cinta es Un long dimanche de fiançailles, no sé francés, pero puedo jurar que no significan lo mismo. El punto: en dicha película la protagonista tiene la costumbre de resolver conflictos mediante el azar basado en cosas insignificantes, por ejemplo: ella corre para despedir a su amado, toma un atajo y piensa, si llego antes que él a cierta encrucijada, significa que volverá, si no, no. Por ejemplo, yo: si prende el cerillo cruzó el puente, si no no, tomo otro autobús, huyó lejos de aqui, me invento otra vida.
Imaginé entonces esa posibilidad, la del abandono. Dilucidé un viaje a Acapulco, mi entrada por la puerta grande al ‘wild side’ de la vida, el desasosiego de mis seres queridos ante mi repentina desaparición y mi posterior reencuentro en alguna nota roja de un periódico local guerrerense o quizá, imagine, mi regreso incognito, triunfal, con la cartera repleta y muchas historias y muchas preguntas. Sonreí al imaginar mi explicación: sucede que un día, antes de cruzar el puente, decidí fumar un cigarro, pero el cerillo no prendió, por eso me fui, sólo por eso.
A esas alturas de mi divagación ya estaba a la mitad del puente y del cigarro. Hice lo que tenía que hacer, seguir con mi vida, vida al fin; pero me dí un gusto infantil, justo ahí, a la mitad del camino entre la realidad y la fantasía: arrojé inconscientemente el cigarro prendido al vacío de una avenida muy transitada y recordé una frase cliché de Kurt Kobain.
En realidad no pasó nada, el cerillo prendió desde el principio, carente, el muy puto, de un poco más de imaginación.
Un cigarro sin filtro y un cerillo sin imaginación
Written by Edgar Rodriguez on Saturday, July 06, 2013 at 9:47 PM
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Peroratas Utópicas
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Una zapatilla roja en medio de la calle
Written by Edgar Rodriguez on Saturday, February 23, 2013 at 11:01 PM
En medio de calle 9, debajo de un camión de pasajeros con
rumbo a Santa Fe, había una zapatilla roja. La imagen me recordó un ejercicio
literario en el cual se tenía que inventar una historia a partir de una
situación similar: un zapato rojo de tacón abandonado en la calle en media
noche. Esta vez era real, era de día y
la razón por la cual se suscitó este momento fue una situación cotidiana.
El camión se detuvo casi en la esquina con Avenida 1para el descenso
de pasajeros, entre ellos una mujer de unos 25 años, alta, pelo corto,
ondulado, ojos grandes. Vestía un traje sastre azul marino, medias negras, un cinturón
rojo y sí, adivinaron, zapatos de tacón del mismo color. Llevaba en las manos
una carpeta, bolsa de mano, un café, una bolsa de papel y el celular. Su
calzado la mantenía unos diez centímetros por arriba de su estatura normal. Con
estas condiciones, aunadas a la prisa de los pasajeros por descender y del
conductor por arrancar, lo que sucedió era inevitable.
La escena hubiera sido graciosa de haber sido un dibujo
animado, donde nadie sale herido física ni emocionalmente. Ella tropezó,
pataleó en el aire como si nadara, la carpeta y ambas bolsas cayeron al suelo; un
zapato, sólo uno, el izquierdo, voló quien sabe a dónde. La chica logró detener
su caída con la rodilla y la mano derecha, nunca soltó su café, del cual,
gracias al cielo, no derramó ni una gota.
Yo pasaba por ahí, cavaba de comprar un americano en la
cafetería de enfrente y ella me conquistó con un gesto: antes de sobarse, levantar
sus cosas o hacer cualquier otra cosa, comprobó que su bebida estaba intacta y
le dio un trago largo, profundo, como sus ojos. Me acerqué para ayudarla, ella
intento sonreír, como si fuera gracioso, pero en realidad quería que se la
tragara la tierra.
Mucha gente se había detenido y observaba la escena, seguro
fue el momento más vergonzoso de su semana, quizá del mes o incluso del año.
Ella miraba al suelo, no era únicamente por pena, estaba azorada tras descubrir
que le faltaba una zapatilla. Un señor que pasaba por ahí fue el primero en
encontrarla, señaló, entre cínico y risueño, debajo del camión. Ahí estaba,
imposible de alcanzar, me agaché, peor por más que alargue los brazos, nunca lo
llegué a tocar
Miré de reojo a la mujer, recargada en un árbol, sostenida por
un solo pie, ruborizada, con su traje sastre levemente rasgado, sus medias
elegantes y un pie al aire; lucia tiernamente hermosa. Sentí el impulso de
ponerme pecho tierra, arrastrarme por el asfalto como lagartija, ser el héroe
del día y rescatar la zapatilla a toda costa. Imaginé que ella me recibía con
un beso y me daba su teléfono y le decía: “llámame pronto, quiero recompensarte
por lo que haz hecho”.
Mejor me levante, el
camión avanzó y yo me puse en medio de la calle para detener el tráfico y luego
poder recoger la preciada prenda. Ella dijo gracias tímidamente, se puso su
zapato, tomó sus cosas y salió corriendo avergonzada, sin decir adiós, ni darme
su teléfono, su nombre o su face. Pude haber corrido tras ella, pero no,
tampoco era para tanto.
Nunca he sido fan de terminar una historia con moraleja; sin
embargo esta vez me fue inevitable pensar en tres, dos de ellas intrascendentes
y una con cierto atisbo de verdad universal, júzguelas cada quien como mejor le
cuadres:
1-¡Mujeres! Es cierto, los tacones las hacen ver más altas y
con mejores caderas, pero son peligrosos. Conozco al menos una media docena de
féminas que han sufrido accidentes por culpa de las zapatillas. De cualquier
forma son hermosas, mejor eviten los tacones y pongan completa la suela de sus
pies sobre el suelo.
2-Nunca he creído que la realidad supere a la ficción, pero
me queda claro que la segunda infiere muchas veces en el significado e
interpretación que le damos a los hechos fortuitos que ocurren en primera, y así, se confunden y conjugan (el
que entendió, entendió, el que no, olvídelo).
3-¡Hombres! Si alguna vez están ante una mujer en apuros e imaginan que después de ayudarle ella los
recompensara pasionalmente o al menos dejara la puerta abierta para una posible
relación futura, se equivocan. Mejor, antes de ayudarle expongan claramente sus
intenciones: “de acuerdo, voy a ayudarte, pero sólo si antes tú me dices tu
nombre, me das tu teléfono y haces la promesa de que cojeremos algún día”.
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UN MUNDO MARAVILLOSO
Written by Edgar Rodriguez on Friday, February 15, 2013 at 11:56 AM
La mujer y la niña esperan el tren en la estación
del metro Tacuba, línea Azul, dirección Toreo. La pequeña, de 5 o 6, máximo 7 años,
está sentada en el barandal ubicado entre el andén y las escaleras que pasan
por abajo para transbordar. Atrás de la menor hay un vacio de cinco metros de
altura, parece peligroso. La madre está preocupada, pero su hija insiste en sentarse
ahí, ya la ha hecho otras veces, nunca pasa nada.
Un hombre vestido de traje sube las escaleras. Es cajero
en un banco, estudió administración, es un tipo promedio, buena persona, en general.
Está cansado de su trabajo, de su matrimonio de diez años, sin hijos, de sus no
amigos, de todo. No está triste, sólo aburrido de una vida así, sin emociones.
Cuando pasa junto a la mujer y la niña corre en su dirección
. No lo piensa, jamás había hecho algo similar, ni siquiera lo había
imaginado, leído en un libro o visto en la televisión. Actúa sin saber por qué,
con la palma de su mano izquierda empuja el hombro de la niña y ella cae. El
grito de la madre ahoga el de la hija, pero no puede opacar el ruido de una cabecita
al chocar contra el suelo. Es como un huevo al caer de un estante en el
supermercado. Las escaleras se salpican con una yema roja.
El hombre corre en dirección a las vías, aquello
dura poco, 5 o 6, máximo siete segundos. En esos instantes él logra nuevamente
sentir algo, una emoción, adrenalina, miedo, culpa, remordimiento, cualquier
cosa, se siente vivo. El tren arriba justo entonces y el tipo del traje se
arroja a las vías. Antes de morir alcanza a escuchar una estrofa del coro de la
canción que suena por el sonido ambiental del metro, es Louis Armstrong: “And i
think to my self, wath a wonderful word”.
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