No cuento

Written by Edgar Rodriguez on Saturday, October 26, 2013 at 11:19 PM

“¿Si José no sabe bailar. entonces por qué sigues con él?”, me dijo ella que le había preguntado Urano, no es albur, es el sujeto que vende pantalones en la Lagunilla junto al puesto de ella, mi novia. “Por que José escribe cuentos como nadie”, contestó ella orgullosa, o eso me dijo haberle dicho. Me lo dijo como si me estuviera diciendo un cumplido. “Gracias”, contesté en automático y tras una pausa lacónica agregué: “Tú también”. Lo dije, creo, como si ella me hubiera dicho te amo y yo no tuviera otro remedio que contestar eso, supuse que una respuesta de ese tipo era lo más adecuado. 
Pero a ella no pareció gustarle mi comentario, tampoco le causó gracia (la gente suele tomarse la vida muy en serio algunas veces) me miró con cara de ‘eres un imbécil’ y se fue sin decir nada, también azotó la puerta. Creo que ni siquiera escuchó cuando le gritaba: “Oye, no te vayas, tengo ganas de escribir un cuento. ¿No quieres ver cómo lo hago mientras te masturbas?”.
Me quedé solo, bueno estaba el gato, pero se que a él no le gustan mis cuentos. Cuando trato de escribir se sube a la mesa, se para junto a la pantalla y me mira desafiante, espera un minuto, me hace pensar que no le importa que a mi no me importe su presencia y luego camina sobre el teclado de la computadora. Lo hace con elegancia, debo admitirlo, de un lado al otro, estira su cuerpo felino mientras con sus patas borra ‘accidentalmente’ lo que yo llevaba escrito y comienza su propia obra: “bsdhghspgdnskhdfodsifasd”. Yo creo que el gato escribe mejor que yo, pero nunca se lo dijo, no podría soportar sus comentarios al respecto.
Por eso cuando quiero escribir un cuento encierro al gato en el baño. Sí, si, es un poco cruel lo sé, pero una vez intenté hacerlo a la inversa y el resultado fue catastrófico: se me durmieron las piernas de estar tanto tiempo sentado en la taza, se me enfrió el culo y el gato, cuyo arenero esta justo en el baño (dónde más si no) se orinó en el sillón de la sala.
Así pues, procedí con método: primero encerré al gato, luego abrí el cajón de los discos, saqué la botella de whisky, me serví un poco, abrí la ventana, fumé un cigarrillo, prendí la computador y comencé a jugar ajedrez. Después de perder tres partidas consecutivas, tenía la suficiente frustración y abatimiento acumulados (sobre todo si recordaba que mi novia se había ido sin decir nada) para escribir.
Abrí un documento en blanco y teclee:

“¿Si José no sabe bailar, entonces, por qué sigues con él?”

Carajo, creo que ella no volverá, no sirvo para nada. No sé bailar, esto no es un puto cuento y yo,ni siquiera me llamo José.  

Un cigarro sin filtro y un cerillo sin imaginación

Written by Edgar Rodriguez on Saturday, July 06, 2013 at 9:47 PM

Bajé del autobús, miré el puente y dudé si debía cruzarlo. Recordé ‘Rayuela’, los puentes como símbolos de unión entre puntos, entre países, estados de conciencia, amores, recuerdos, conceptos aparentemente inconexos. Suspiré, exhale nostalgia y me dije no: mejor nicotina. Saqué un cigarro, lo puse en mis labios y busqué en la bolsa interior de mi chamarra de cuero algo para encenderlo.Ahí estaba la caja de cerillos Imperial, signo Escorpión.
Entonces me acordé de Avoar, el viejo amigo Avoar,santa claus poeta, dador de libros, ermitaño sensible con el suelo de su casa cubierto por cáscaras de cacahuates, con sus historias sobre supersticiones para justificar su huevones, sus merengues, su copa de anís, su puro y su diabetes. Lo recordé porque él me aconsejó un día un ejercicio para practicar la paciencia:   todas las mañanas al despertar abrir una caja de cerillos, voltearla para dejar caer los 50 o más que esta contenga y luego recogerlos, uno por uno, mientras se cuenta: 1, 2, 3... , así, rutinariamente. Lo había intentado una vez la semana anterior, por eso cuando abrí la caja encontré sólo 7 cerillos de los cuales supuse, según mis cálculos, que al menos 5 debían estar quemados. Era de noche, resultaba difícil reconocer a simple viste cuales servirán y cuales no.
Entonces recordé una película de Jean-Pierre Jeunet, el director de Amélie, mal titulada aquí como  ‘Amor eterno’. El nombre original de dicha cinta es Un long dimanche de fiançailles, no sé francés, pero puedo jurar que no significan lo mismo. El punto: en dicha película la protagonista tiene la costumbre de resolver conflictos mediante el azar basado en cosas insignificantes, por ejemplo: ella corre para despedir a su amado, toma un atajo y piensa, si llego antes que él a cierta encrucijada, significa que volverá, si no, no. Por ejemplo, yo: si prende el cerillo cruzó el puente, si no no, tomo otro autobús, huyó lejos de aqui, me invento otra vida.
Imaginé entonces esa posibilidad, la del abandono. Dilucidé un viaje a Acapulco, mi entrada por la puerta grande al ‘wild side’ de la vida, el desasosiego de mis seres queridos ante mi repentina desaparición y mi posterior reencuentro en alguna nota roja de un periódico local guerrerense o quizá, imagine, mi regreso incognito, triunfal, con la cartera repleta y muchas historias y muchas preguntas. Sonreí al imaginar mi explicación: sucede que un día, antes de cruzar el puente, decidí fumar un cigarro, pero el cerillo no prendió, por eso me fui, sólo por eso.
A esas alturas de mi divagación ya estaba a la mitad del puente y del cigarro. Hice lo que tenía que hacer, seguir con mi vida, vida al fin; pero me dí un gusto infantil, justo ahí, a la mitad del camino entre la realidad y la fantasía: arrojé inconscientemente el cigarro prendido al vacío de una avenida muy transitada y recordé una frase cliché de Kurt Kobain.
En realidad no pasó nada, el cerillo prendió desde el principio, carente, el muy puto, de un poco más de imaginación.

Una zapatilla roja en medio de la calle

Written by Edgar Rodriguez on Saturday, February 23, 2013 at 11:01 PM



En medio de calle 9, debajo de un camión de pasajeros con rumbo a Santa Fe, había una zapatilla roja. La imagen me recordó un ejercicio literario en el cual se tenía que inventar una historia a partir de una situación similar: un zapato rojo de tacón abandonado en la calle en media noche.  Esta vez era real, era de día y la razón por la cual se suscitó este momento fue una situación cotidiana.

El camión se detuvo casi en la esquina con Avenida 1para el descenso de pasajeros, entre ellos una mujer de unos 25 años, alta, pelo corto, ondulado, ojos grandes. Vestía un traje sastre azul marino, medias negras, un cinturón rojo y sí, adivinaron, zapatos de tacón del mismo color. Llevaba en las manos una carpeta, bolsa de mano, un café, una bolsa de papel y el celular. Su calzado la mantenía unos diez centímetros por arriba de su estatura normal. Con estas condiciones, aunadas a la prisa de los pasajeros por descender y del conductor por arrancar, lo que sucedió era inevitable.

La escena hubiera sido graciosa de haber sido un dibujo animado, donde nadie sale herido física ni emocionalmente. Ella tropezó, pataleó en el aire como si nadara, la carpeta y ambas bolsas cayeron al suelo; un zapato, sólo uno, el izquierdo, voló quien sabe a dónde. La chica logró detener su caída con la rodilla y la mano derecha, nunca soltó su café, del cual, gracias al cielo, no derramó ni una gota.

Yo pasaba por ahí, cavaba de comprar un americano en la cafetería de enfrente y ella me conquistó con un gesto: antes de sobarse, levantar sus cosas o hacer cualquier otra cosa, comprobó que su bebida estaba intacta y le dio un trago largo, profundo, como sus ojos. Me acerqué para ayudarla, ella intento sonreír, como si fuera gracioso, pero en realidad quería que se la tragara la tierra.

Mucha gente se había detenido y observaba la escena, seguro fue el momento más vergonzoso de su semana, quizá del mes o incluso del año. Ella miraba al suelo, no era únicamente por pena, estaba azorada tras descubrir que le faltaba una zapatilla. Un señor que pasaba por ahí fue el primero en encontrarla, señaló, entre cínico y risueño, debajo del camión. Ahí estaba, imposible de alcanzar, me agaché, peor por más que alargue los brazos, nunca lo llegué a tocar

Miré de reojo a la mujer, recargada en un árbol, sostenida por un solo pie, ruborizada, con su traje sastre levemente rasgado, sus medias elegantes y un pie al aire; lucia tiernamente hermosa. Sentí el impulso de ponerme pecho tierra, arrastrarme por el asfalto como lagartija, ser el héroe del día y rescatar la zapatilla a toda costa. Imaginé que ella me recibía con un beso y me daba su teléfono y le decía: “llámame pronto, quiero recompensarte por lo que haz hecho”.

Mejor  me levante, el camión avanzó y yo me puse en medio de la calle para detener el tráfico y luego poder recoger la preciada prenda. Ella dijo gracias tímidamente, se puso su zapato, tomó sus cosas y salió corriendo avergonzada, sin decir adiós, ni darme su teléfono, su nombre o su face. Pude haber corrido tras ella, pero no, tampoco era para tanto.

Nunca he sido fan de terminar una historia con moraleja; sin embargo esta vez me fue inevitable pensar en tres, dos de ellas intrascendentes y una con cierto atisbo de verdad universal, júzguelas cada quien como mejor le cuadres:

1-¡Mujeres! Es cierto, los tacones las hacen ver más altas y con mejores caderas, pero son peligrosos. Conozco al menos una media docena de féminas que han sufrido accidentes por culpa de las zapatillas. De cualquier forma son hermosas, mejor eviten los tacones y pongan completa la suela de sus pies sobre el suelo.

2-Nunca he creído que la realidad supere a la ficción, pero me queda claro que la segunda infiere muchas veces en el significado e interpretación que le damos a los hechos fortuitos que ocurren en  primera, y así, se confunden y conjugan (el que entendió, entendió, el que no, olvídelo).

3-¡Hombres! Si alguna vez están ante una mujer en apuros  e imaginan que después de ayudarle ella los recompensara pasionalmente o al menos dejara la puerta abierta para una posible relación futura, se equivocan. Mejor, antes de ayudarle expongan claramente sus intenciones: “de acuerdo, voy a ayudarte, pero sólo si antes tú me dices tu nombre, me das tu teléfono y haces la promesa de que cojeremos algún día”.

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