Un cigarro sin prender entre los labios

Written by Edgar Rodriguez on Wednesday, December 04, 2013 at 4:51 PM



Es lamentable, los cigarros siempre se terminan. Tarde o temprano se consumen, así como el vino, los días, los sueños, el amor. Claro, siempre es posible comprar más, de cualquiera de  estas cosas; pero el dinero, puto dinero, también se acaba y así, sucesivamente hasta que en algún momento, un día, nos quedamos sin nada.
En realidad nunca fumé mucho, siempre defendí que se trataba de un gusto, no de un vicio; como el café cargado, prefiero también los cigarros sin filtro, me gusta incluso chuparlos, aprecio el sabor del tabaco. Pero últimamente fumo cada vez que algo me encabrona, me entristece, me angustia, me confunde. Por eso fumo mucho ahora, por eso me duran poco las cajetillas, eso es lamentable.
Esto me preocupa, sobre todo porque actualmente es cada  vez más difícil encontrar cigarros sin filtro de los que yo fumo: Faritos. Sólo los venden en el Super K y no es anuncio; en Seven y Oxxo a veces tienen Delicados sin filtro, pero no es lo mismo. Claro, ya ninguna de las dos marcas usa el añorado papel arroz, pero así es la modernidad, cada año nos acercamos más a la extinción total de la especie.
Tampoco es que gaste demasiado dinero en cigarro; pero a veces, cuando algo me saca de mi centro y no tengo Faritos a la mano, compro cigarros sueltos en los puestos de la calle; casi siempre Camel o Malboro o Benson o cualquierotramamada. Pero no me resigno a perder mi espíritu selectivo.
Por eso, idee una solución genial por su simpleza: cuando siento la marejada, el nudo, el huracán en el pecho, saco un Farito y lo pongo entre mis labios, pero no lo enciendo. Lo mantengo ahí mientras camino o miro por el balcón, imagino que está prendido, inhalo el humo imaginario, lo exhalo y una sensación de imaginario bienestar me invade, me envuelve. Es casi tan parecido a fumar de verdad.
Este método tiene, además, varias ventajas; además de las evidentes de gastar menos dinero y chingarme menos los pulmones. Una de ellas es evadir a los gorrones (ya no soy uno de ellos); cuando alguien me pide un cigarro seguro se llevaré una sorpresa: primero al ver los Faritos (¿Cómo? ¿Todavía existen? ¿Sin filtro? ¿Es eso legal?). Y luego otra, más  desagradable, cuando  resignados a fumar mis ‘chingaderas’, descubran que todos los cigarros están amarillosde la punta, salivados por mí, uno por uno. No, gracias, dirá el 99% de los gorrones, ese 1% hubiera sido yo.
Otro beneficio es poder ‘fumar’ en lugares cerrados y la estupefacción que eso causa. Entro al centro comercial y el policía me mira de reojo, ve el cigarro pero se da cuenta que no está prendido, entonces no sabe qué hacer. Duda sobre si debe o no decirme algo y se queda ahí, paralizado por la duda, por un procedimiento fuera de norma, de la rutina. Algunos guardias sí se animan a decirme: “Señor, está prohibido fumar aquí”. Yo me limito a enseñarles el cigarro apagado y sonreír, victorioso. Me gusta la perspicacia que estos actos ocasionan, la incomodidad de los otros, especialmente en el metro.
He ahí otro aliciente, la extrañeza en los demás. Me gusta ir con mi cigarro entre los labios, pararme en las zonas de fumar de los restaurantes y edificios y esperar al primer incauto. “Amigo”, me dicen rebosantes de amabilidad. “¿Quieres un encendedor?” “No gracias”, contesto, “así estoy bien”. Luego, el silencio incomodo, deliciosas miradas de ‘estás loco’ o ‘que imbécil  y finalmente se largan, sin decir nada, a fumar lejos de mí. Algunos se atreven a preguntar, “¿Es una broma?” Yo contesto, lacónico, “no” y me voy de ahí, muy serio, muy digno, a fumar imaginariamente.
Ayer descubrí, inesperadamente, la mayor ventaja de todas. Subí a la zona de fumar del edificio donde trabajo, con mi cigarro entre los labios desde que estaba dentro del elevador, para provocar a los guardias de las cámaras de seguridad, según yo. Llegué al último piso, la azotea, la zona del vicio. Atardecía, el horizonte era  naranja. Es un buen paisaje, pensé mientras inhalaba humo imaginario y exhalaba satisfecho. Entonces apareció ella: una mujer de veintitantos, alta, jovial, pelo rizado, ojos grandes, oscuros, piernas largas. Casi se me cae el cigarro cuando la vi, pero pude disimilar bien mi gesto idiota. Ella sonrió y me soltó a bocajarro: “¿Quieres fuego?” Me quedé helado, carajo, pensé, eso sonó como una propuesta. Claro, que si quiero, pensé, vamos, préndeme todo con tu ardiente entrepierna, vamos, incéndiame con tus labios, ‘anda putilla del rubor helado, anda, vámonos al diablo!’. Pensé en un penoso arrebato poético, plagio incluido. Anda, me imagine gritándole, quemémonos ahora mismo, aquí, en la cima del cielo, fundámonos tu y yo con el rojo atardecer de este miércoles cualquiera…
“Si, si quiero”, dije con la mirada ardiente, la respiración entre cortada, mi esperanza puesta en la punta del cigarro. Ella sacó un encendedor negro, lo acercó a mi boca y lo encendió, para darle fuego a mi cigarro sin filtro. Yo fumé de verdad, inhalé como no lo hacía hace mucho y casi me ahogo cuando le di el golpe. Ella rio, prendió su propio cigarro y se dio vuelta, para fumar sola, lejos de mí, mientras hablaba por celular.
Yo me quede sólo, con mi cara de imbécil y un cigarro sin prender entre los labios. Sí, el cigarro ardía en el otro extremo, pero para mí, seguía apagado, no valía nada.  Desde entonces voy siempre por las calles con un cigarro sin prender entre los labios y espero, ansioso, que alguien, una bella mujer, se acerque y me ofrezca fuego. A veces pienso que tampoco importa si es un hombre, a veces me arrepiento de haber rechazado a quienes me ofrecieron alguna vez su encendedor, era sólo que no usaban  la terminología correcta, pero quizá hubieran podido ofrecerme el fuego que ahora añoro. A veces ciento la imperiosa necesidad de que alguien me pregunte, así, sin más, si quiero fuego. Y yo decir sí, gracias, anda, ven, ardamos juntos. Es otoño, hace mucho frio aquí afuera, también adentro.

¿Quién se ha llevado mi piedra?

Written by Edgar Rodriguez on Tuesday, November 26, 2013 at 7:26 PM



     Lo vi un medio día entre semana, justo a la entrada del trabajo. Era un sujeto de aproximadamente 30 años, alto, delgado, tez blanca, pelo largo desgarbado. Vestía ropa vieja, olía mal, en su rostro color tizne sobresalían un par de ojos grandes, verdes, mirada de loco. Un vagabundo, hubiera pensado cualquiera, un paria, un lumpen, nada por lo cual valga la pena detenerse; pero su mirada me atrapó cuando nos cruzamos de frente y ya no puede escapar.
Lo había visto minutos atrás mientras yo cruzaba un puente peatonal sobre Periférico Sur, desde ahí vi como un hombre de aspecto extraño, entonces él era sólo eso, cargaba algo pesado con los dos brazos, un bulto o algo así; lo dejó oculto detrás de una maceta de orquídeas, la cual está junto a la escaleras que conducen a la entrada de la Torre Platino I, donde yo trabajo.
Cuando nuestros ojos se encontraron él no perdió tiempo, me sonrió ampliamente y me dijo: “Amigo, tengo algo para ti. ¡Es una piedra! Por ser para ti te la dejo a sólo 100 pesos. ¿Cómo ves?”. Yo, todo extrañeza, fruncí el ceño y debí entonces haber seguido de largo, pero no, puta curiosidad. Lo miré de pies a cabeza y volteé de reojo a donde estaba la maceta. “Si, es esa, es una ganga, 100 pesos, vamos anímate”.
Una semana antes, con el pretexto de que era mi cumpleaños, fui a un casino llamado “Kash”. Nunca había entrado a un lugar de estos, sólo quería conocer algo nuevo. En la entrada un cartel anunciaba diferentes promociones, entre ellas una decía que si era el día de tu cumpleaños te regañaban 100 pesos y un pastel. Carajo, pensé, mi día de suerte, quizá podría convertir esos 100 pesos en más dinero.
Cuando llegué a una ventanilla para exigir mi premio, una amable señorita vestida de negro y con voz monótona me explicó: No podía darme mi premio si yo no tenía una tarjeta dorada que me acreditara como miembro del Club Kash. Dicha tarjeta tenía un costo de 100 pesos e incluía la misma cantidad de créditos para jugar en el casino; por lo cual yo podría tener 200 créditos, no aplicables en blakjack, poker ni ruleta. Es una estafa pensé, pues lo que yo quería en realidad era jugar a las cartas, sentirme un poco como en una película de vaqueros; en cambio, lo más que podría hacer sería apretar una y otra vez un botón, ver pasar los dibujitos y esperar como estúpido a que estos coincidieran para ganar más créditos y volver a apretar el botón y… etc. Pero ya estaba ahí, qué diablos pensé, saqué un billete de cien y pedí la tarjeta dorada.
Yo creía que al menos podría pasar un par de horas gastando esos créditos; mientras, pensaba beber todo el café y refresco gratis necesario para desquitar el dinero invertido. Pero no, jugar con esas máquinas es más complicado de lo que esperaba, tienen muchos botones, para duplicar, triplicar o multiplicar tu apuesta hasta por 50 o 100. No sabía, ni tampoco me interesó mucho aprender cómo funcionaba la máquina, sólo apreté botones a los estúpido, supe por las luces y sonidos que algo gané dos o tres veces y después de 15 minutos, ya no tenía nada.
Fui por mi pastel, demasiado dulce, el cual acompañé con un café gratis, aguado. Todavía pasé otro cuarto de hora caminando por el lugar, intrigado por la gente y su forma de jugar; incluso intenté dilucidar un perfil psicológico y social de los adictos al juego. La única ventaja de esto fue que los casinos, al menos este, son de los escasos lugares públicos cerrados donde aún se puede fumar libremente. Disfruté un par de cigarros y salí de ahí con la sensación de que esos eran los 100 pesos más estúpidamente gastados de mi vida.
Recordé todo esto, fugazmente, mientras estaba ahí, frente a este sujeto, loco o profeta, que intentaba venderme una piedra por cien pesos. Decidí que sería justo que la historia del dinero peor gastado de mi vida fuera más interesante, más extravagante, digamos, menos patética, al menos. Aún tenía mis dudas cuando le sujeto volvió a increparme: “Bueno, sólo por ser para ti y sólo por hoy, te la dejo en 80 pesos. ¿Cómo la ves? Esta regalada, hermano; además tu sabes que no es cualquier piedra, esta es La Piedra”, mientras mencionaba esto último abrió mucho los ojos, me convenció. Saqué el dinero y se lo di. El tipo, estupefacto, miró en su mano el billete de 50 y las tres monedas de 10; miró a su alrededor, guardó el dinero rápido en las bolsa de su pantalón y salió corriendo, como si acabara de cometer un asalto. Cuando pasó a mi laso alcance a escucharlo: “tú si estas chalado carnal”.
Miré mi piedra, satisfecho, era grande, redonda, como de unos 40 cm de diámetro, debía pesar al menos unos 10 kilos. Fuera de eso no tenía nada especial, era una piedra, sólo eso. Una pinche piedra de 100 pesos, por la cual yo sólo había pagado 80, me sentí feliz. El problema ahora era qué iba a hacer con ella, no podía entrar a la oficina con una piedra y tampoco parecía tarea fácil llevármela a casa al salir. No quise angustiarme al respecto, me agaché para acariciar mi piedra, la escondí lo mejor que pude atrás de la maseta y seguí mi rutina laboral.
En el transcurso del día recordé una novela de Chuck Palahniuk, ‘Asfixia’. En esta un personaje recoge piedras grandes en la calle, lo hace sin ningún sentido, simplemente junta piedras. Para trasportarlas usa unas cobijas de colores pastel con dibujos infantiles, con las cuales cubre a la piedra en turno y la carga en brazos, como un bebe. Así, en el metro y  los autobuses todos le seden el asiento, creyendo que carga un bebe, pero en realidad es una piedra. El tipo junta piedras y más piedras, las apila hasta hacer un muro y después… después no recuerdo qué pasa, igual no importa.
El tema era. ¿Cómo voy a llevarme mi piedra? la ideas de hacerla pasar por un bebe sonaba interesante, pero no podría tener la certeza de que me cederían un lugar. Además, ¿Cómo le explicaría a mi esposa mi extraña compra? Preferí postergar  el problema. Ese día al salir no me llevé mi piedra, tampoco al siguiente día, ni toda la semana. Mi piedra se mantuvo ahí, escondida detrás de la maceta. Cuando yo pasaba por ahí esperaba a que nadie me viera, entonces me agachaba para acariciarla, a veces le hablaba, una vez incluso, lo confieso, la bese. Era feliz con mi piedra, carajo.
Pero un día, así sin más, dejo de estar ahí, desapareció. Alguien se había robado mi piedra. Pensé que llamar a la policía o levantar un acta era absurdo, buscar otra vez al vagabundo vendedor de piedras también me pareció inútil. Sólo me quedaba la resignación, esa misma que uno asume ante la muerte de un ser querido o la lente e inevitable desaparición de un amor. Ya no tenía piedra; pero igual era cualquier cosa, pensé, la vida sigue, me convencí.
Sin embargo, desde entonces me siento extraño. Ya no sonrió cuando veo jugar a los niños, no me enternecen lágrimas de mujer alguna, la literatura ya no me apasiona. El frio no me enchina la piel y el café expreso me sabe a nada. Hay algo extraño en mí, me siento medio muerto. Extraño mi piedra. Si alguien sabe dónde está o la ha visto por casualidad, les ruego que me la devuelvan o quizá, tengan por ahí, en algún lugar de su casa o trabajo, una piedra que no usen, una piedra que no necesiten. Piensen en mí, necesito una, me siento vacío.           

No cuento

Written by Edgar Rodriguez on Saturday, October 26, 2013 at 11:19 PM

“¿Si José no sabe bailar. entonces por qué sigues con él?”, me dijo ella que le había preguntado Urano, no es albur, es el sujeto que vende pantalones en la Lagunilla junto al puesto de ella, mi novia. “Por que José escribe cuentos como nadie”, contestó ella orgullosa, o eso me dijo haberle dicho. Me lo dijo como si me estuviera diciendo un cumplido. “Gracias”, contesté en automático y tras una pausa lacónica agregué: “Tú también”. Lo dije, creo, como si ella me hubiera dicho te amo y yo no tuviera otro remedio que contestar eso, supuse que una respuesta de ese tipo era lo más adecuado. 
Pero a ella no pareció gustarle mi comentario, tampoco le causó gracia (la gente suele tomarse la vida muy en serio algunas veces) me miró con cara de ‘eres un imbécil’ y se fue sin decir nada, también azotó la puerta. Creo que ni siquiera escuchó cuando le gritaba: “Oye, no te vayas, tengo ganas de escribir un cuento. ¿No quieres ver cómo lo hago mientras te masturbas?”.
Me quedé solo, bueno estaba el gato, pero se que a él no le gustan mis cuentos. Cuando trato de escribir se sube a la mesa, se para junto a la pantalla y me mira desafiante, espera un minuto, me hace pensar que no le importa que a mi no me importe su presencia y luego camina sobre el teclado de la computadora. Lo hace con elegancia, debo admitirlo, de un lado al otro, estira su cuerpo felino mientras con sus patas borra ‘accidentalmente’ lo que yo llevaba escrito y comienza su propia obra: “bsdhghspgdnskhdfodsifasd”. Yo creo que el gato escribe mejor que yo, pero nunca se lo dijo, no podría soportar sus comentarios al respecto.
Por eso cuando quiero escribir un cuento encierro al gato en el baño. Sí, si, es un poco cruel lo sé, pero una vez intenté hacerlo a la inversa y el resultado fue catastrófico: se me durmieron las piernas de estar tanto tiempo sentado en la taza, se me enfrió el culo y el gato, cuyo arenero esta justo en el baño (dónde más si no) se orinó en el sillón de la sala.
Así pues, procedí con método: primero encerré al gato, luego abrí el cajón de los discos, saqué la botella de whisky, me serví un poco, abrí la ventana, fumé un cigarrillo, prendí la computador y comencé a jugar ajedrez. Después de perder tres partidas consecutivas, tenía la suficiente frustración y abatimiento acumulados (sobre todo si recordaba que mi novia se había ido sin decir nada) para escribir.
Abrí un documento en blanco y teclee:

“¿Si José no sabe bailar, entonces, por qué sigues con él?”

Carajo, creo que ella no volverá, no sirvo para nada. No sé bailar, esto no es un puto cuento y yo,ni siquiera me llamo José.  

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