Cuento 10 de 52

Written by Edgar Rodriguez on Friday, December 19, 2014 at 12:15 PM

 “Write a short story every week.  It's not possible to write 52 bad short stories in a row.” 
 Bradbury

JAMAS SOÑÓ UNA PIEDRA 

Una piedra soñaba a la orilla del río. Era una más entre cientos de iguales ignoradas en la rivera. Pero esta, soñaba con ser especial. Imaginaba lo feliz que hubiera sido si el destino le hubiera permitido ser una piedra preciosa, con brillo y color auténtico, digno de admiración. Dilucidaba su vida entre escaparates, colgada con una cadena de oro o plata en el cuello de una bella jovén. Se emocionaba ante la posibilidad de ser objeto de envidia y codicia.O quizá, pensaba otras veces, pudo haber sido una piedra volcánica, capaz de arder al rojo vivo. Entonces proyectaba su vida de 'abuelita piedra', como había escuchado que llamaban algunas personas a las piedras volcánicas; estas tenían la fortuna de servir como fuente de calor para rituales ancestrales, en los cuales las trataban con reverencia. Había escuchado que les atribuían el don de la medicina, la sabiduría y la clarividencia. Ella, piedra de río, soñaba con ser algo más, algo que no era, algo que pudo haber sido. Algunas veces, cuando presentía una persona cerca, se ilusionaba con la idea de un probable ser "libre de pecado", capaz de mirarla de reojo y tomarla entre sus manos para arrojarla contra alguna postituta; así, ella se convertiría en una piedra justiciera, un instrumento de la voluntad divina. En el peor de los casos, dilucidaba la piedra, podría ser un niño quien la recogiera, la guardara en la bolsa de su pantalón y la utilizara posteriormente como proyectil para su resortera, entonces sería ella la bala mortal que causaría la muerte de un inocente pájaro. Incluso eso, reflexionaba, sería mejor a seguir siendo lo que era, una piedra de río gris, fría. Una pinche piedra.
A pesar de sus aspiraciones esta piedra carecía de imaginación. Era incapaz de pensar un destino diferente a las diversas pero limitadas variantes que había escuchado a lo largo de su aburrida vida de piedra de río. Nunca imaginó, por ejemplo, ser inspiración de un escritor con imaginación tan limitada como la suya. Tampoco fue capaz de prever la opción de volverse un amuleto en la bolsa de dicho escritor y vivir ahí por varios días, acariciada constantemente por las mano de ese hombre. Jamás hubiera imaginado ser olvidada en la cornisa de una ventana y luego caer 32 pisos, volverse accidente, causar la muerte de un eminente político, presidente de un país tercermundista. Nunca se le hubiera ocurrido que más tarde adquiriría la importancia de una prueba, sería guardada celosamente en una bolsa de platico hermética y después de mucho tiempo, de varias otras muertes, revoluciones, suceciones, guerras sin piedras, sería ella, simple piedra, puesta en un museo, enarbolada como la primera piedra, la que tanto necesitaba un país en ruinas, para comenzar su nueva historia. Y no faltaría el "creativo" para ponerle un nuevo nombre, entonces dejaría de ser lo que creía haber sido y la llamarían todos, con admiración: Utopíedra. 

Cuento 09 de 52

Written by Edgar Rodriguez on Wednesday, October 29, 2014 at 5:43 PM

“Write a short story every week.  It's not possible to write 52 bad short stories in a row.” 
 Bradbury
 

Ojalá te mate la sombra 


Comer tierra pudo ser manjar de niños, pero para un adulto con tres días sin comer ni beber, sólo es eso: pinche tierra. Arturo estaba tirado boca abajo, yerto, seco, era un casi muerto. Pensó que si un ave carroñera pasara por ahí podría confundirlo con alimento; luego recapacito, los animales no son tan imbéciles, saben distinguir un muerto de un vivo. Giró la cabeza al cielo para ver la posición del sol e intentar descifrar la hora; era absurdo, nunca le interesó la astrología. Maldijo mentalmente, deslizó la lengua áspera por los labios cuarteados y anheló un poco de saliva, suficiente al menos para escupirle en la cara a Charly, cuyas botas enlodadas vio acercarse lentamente a él.
Vestido de blanco, con barba rauda, mirar cansino y voz rasposa; Charly, el Águila, se reclinó sobre el cuerpo de Arturo y le murmuró al odio
—Fuerza hermano,  estamos cerca de encontrarlo.
El moribundo no respondió, de haber podido le habría mentado la madre. Seguía lamentándose por haberse dejado embaucar. En medio de su delirio recordó a su ex esposa e imaginó cómo le recriminaría: “Ves, por eso siempre te dije: no te juntes con pendejos”. A veces todavía la extrañaba, sobre todo en situaciones límite. Después de su divorcio se perdió seis meses en el alcohol, ni más ni menos, fue la cuota fijada premeditadamente, no se merecía más la desgraciada.  Una vez superada la crisis se encontró sin nada, ni esposa, ni trabajo, ni dinero, ni futuro, ni ganas de vivir. Entonces vendió cuanto pudo de sus pocas pertenencias y se encaminó en este viaje de autoconocimiento, como se lo vendió Charly cuando lo conoció en un café.
—No existen las casualidades —le dijo entonces el chamán —el gran espíritu te condujo aquí para que me encontraras y yo te sirviera como mediador y guía para encontrar tu propia iluminación.
Entonces aceptó, estaba tan perdido que no objetó nada.  Asintió a cada palabra del Águila, se dejó llevar, se asumió  hoja al viento. Cuando se reencontraron en el pueblo de Real de Catorce, dos semanas después,  Arturo le preguntó por qué no tomaban uno de aquellos jeeps para bajar al desierto, como parecían hacer todos.
—Hay que caminar, el camino es arduo, pero es un sacrificio necesario para limpiar nuestro espíritu antes de encontrarnos con Hikuri.
Charly decía todo con voz  profunda, barbilla levantada, ceño fruncido, mirada  perdida; por eso la mayoría terminaban por aceptar sus palabras como ley. Así, Arturo no objetó tampoco que emprendieran el viaje con la menor cantidad de provisiones posibles, incluso sin agua ni comida.
—Purificaremos nuestros cuerpos con el ayuno y obtendremos fuerza de la luz del sol —profetizó el Águila.
Además de Arturo también los acompañaba otro buscador, se llamaba Ernesto y parecía mudo. Apenas hablaba para repetir los preceptos del Águila y afirmar todo.
—Siempre dices que sí, hablas poco pero positivo ­—lo alentaba el chamán— eso me gusta, vas a llegar lejos con esa actitud.
Por su parte Arturo dudaba. Se dejaba llevar cierto, mantuvo el ímpetu de la hoja al viento, pero no podía engañar por completo a su cabeza. Sin embargo, mantenía cierta esperanza; había leído tres artículos sobre el peyote, el libro “Las puertas de la percepción” de Huxley, además de ver un par de documentales al respecto. Tenía fe, aunque le parecía extraño utilizar esa palabra, en el peyote, esperaba que este cactus sagrado lo ayudara a recuperar su espíritu. Si alguna vez lo tuvo.
No sabía si era eso, pero seguro algo había perdido. Después de su divorcio nada le apasionaba. Vivía por inercia, sin deseos, sueños, ni aspiraciones. Dejó de sentir, era un ser pensante, únicamente, eso pensaba él, pensaba demasiado. Creía en el peyote como una fuente de iluminación capaz de ayudarle a recuperar su ardor. 
Acamparon en medio del desierto a los pies del Cerro del Quemado. Durmieron casi toda la tarde en le primer día y después comenzaron la cacería. Al principio Arturo era el más entusiasmado, olisqueaba el aire como perro, aunque desconocía el olor del peyote. A veces cerraba los ojos, como había aconsejado Charly, caminaba unos pasos a ciegas, tropezaba con alguna roca y entonces los abría con la esperanza de encontrar a Hikuri frente a su mirada, pero nada.
No encontraron ni madres en tres días y Charly se negaba a regresar al pueblo por agua y alimentos. Insistía en que podían obtener energía del sol.
—Paciencia hermano, paciencia— les repetía como un mantra y nada más. Ahorraba palabras.
Al tercer día Arturo no pudo más.  Estaba tirado boca abajo, había caído por séptima vez en la mañana tras otro fallido intento de búsqueda a ciegas. Cuando abrió los ojos otra vez lo mismo: sólo tierra, sol, pinche sol de mediodía sin una puta sombra y las botas de Charly, el pendejo chamán. Cuando el Águila le habló al oído, algo en el interior de Arturo estalló. Estiró el brazo izquierdo para intentar alcanzar las botas de Charly pero no lo alcanzó. Cerró sus ojos, tomó otro impulso y su mano se tropezó de pronto con algo, un objeto redondo, algo que le inyectó una súbita energía. No era peyote, era algo más simple, más esencial, un objeto llano, gris. Una piedra.
La mano de Arturo se aferró a la piedra y su cuerpo tembló de pies a cabeza. Se levantó de un salto, llenó de energía, ardía de pies a cabeza. Arremetió una y otra vez con la piedra, sagrada piedra, sobre la cabeza del Águila, el cual cayó inconsciente al tercer impacto, ni siquiera sintió los otros 12. Arturo dejó de golpearlo cuando la sangre le salpicó el rostro. Entonces retrocedió, miró estupefacto el cuerpo inconsciente de Charly, guardo silencio, lo escuchó respirar, miró al sol, alto, ardiente, sonrió. Se sintió vivo, llenó de ímpetu, iluminado. Se reclinó sobre el Águila, sintió su pulso, estaba vivo. Miro a su alrededor y no vio rastro de Ernesto. Tomó el cuerpo del chamán de un brazo, lo arrastro hasta un cactus, lo dejó bajo su sombra y se fue.         
 

Cuento 08 de 52

Written by Edgar Rodriguez on Wednesday, September 24, 2014 at 9:35 PM


“Write a short story every week.  It's not possible to write 52 bad short stories in a row.” 
 Bradbury

Lobos en Pie de la Cuesta


Extraño a Mariana cada luna llena. Algunas veces, cuando la nostalgia me  ataca sin tregua, incluso me da por aullar. Entonces se me enchina la piel mientras rememoro las noches con ella, el astro redondo en el alto cielo oscuro, las estrellas, la brisa marina, la arena pegada a nuestra piel y la historia que me contó la última vez que estuvimos juntos. La historia de Antonio.
Antonio era el hijo de una amiga de Mariana, creo que se llamaba Laura. Tras muchos años de no verse se reencontraron una tarde en un supermercado en Acapulco. Aunque Mariana era chilanga vivía ahí porque se dedicaba a dar masajes en hoteles. Las dos se tomaron un café esa misma tarde para ponerse al día. De aquel encuentro se suscitó una invitación de Laura para cenar en su casa, en Pie de la Cuesta, en 15 días. Tres días antes Mariana recibió una llamada de su amiga para confirmar la invitación, pero además para decirle algo importante: el esposo y el hijo de Laura también estarían presentes, pero era trascendente hacerle saber que Antonio, su hijo, era un chico un poco raro. Mariana no supo qué pensar, la afirmación era ambigua y no quiso hacer preguntas incómodas, se limitó a decir que ella era una mujer de amplio criterio.
El día de la cena Mariana trató de comportarse lo más normal desde el principio, se vistió formal, pero sin exagerar, llegó al lugar de la cita y se dejó llevar hasta la hermosa casa de Laura, con vista al mar y amplios ventanales. Una vez ahí fue presentada a Luis, el esposo y Antonio, el hijo extraño. Mariana no pudo dejar de mirarlo un largo rato: era un chico de 15 años, delgado, frente prominente, escaso cabello oscuro, ojos hundidos, barbilla cuadrada, mueca torcida.  A primera vista podría pensarse que padecía algún retraso mental, aunque hablaba normalmente y no parecía tener problemas para caminar ni coordinar sus movimientos.
Pero su mirada tenía algo, una mirada de loco, pensó Mariana; como en esa películas de terror donde uno sabe de inmediato quién es el asesino sólo con verlo a los ojos. Era una noche lluviosa, de luna llena.  Al principio todo transcurrió normalmente, comieron la  sopa y el guisado mientras charlaban del clima, el trabajo de Luis como gerente de un hotel, la escuela de Antonio, las historias en común de las amigas. Parecía una noche cualquiera, una familia corriente, un evento para olvidarse en quince días.
Pero mientras servían el postre, gelatina de rompope, la velada se volvió inmortal. Antonio se quedó viendo fijamente por los ventanales, había dejado de llover, el cielo se estaba despejando y era posible vislumbrar una enorme luna roja. Pero los ojos del chico no estaban fijos ahí, parecían ver más allá, como algo invisible para el resto. Su mano derecha, con la cual sostenía la cuchara del postre, temblaba sin control. Intentaba balbucir unas palabras, apenas entendibles.
-Ma… ma… y…a….están, aquí, so…so…on ellos….- dejó caer la cuchara y se levantó de la silla. De un salto trepó a la mesa y una vez ahí, en cuclillas, levantó el cuello en dirección al techo, movió la cabeza en círculo, recorrió con la mirada, lentamente, cada rincón de la casa y abrió la boca para emitir un sonido agudo, apenas perceptible al inicio, ensordecedor en sus últimos tonos: Auuuuuuuuuuuuuu!
Laura se quedó paralizada un instante, igual Luis. Ambos miraban alternativamente a su hijo y a su invitada, mientras esta permanecía petrificada, con la cuchara a mitad del camino entre el plato y la boca. La pareja dudó apenas un minuto, se pusieron también de pie, levantaron la cabeza al techo, se subieron a la mesa y comenzaron a aullar. Laura miraba de reojo a Mariana e intentaba indicarle con un movimiento de cejas que se les uniera. Mariana, desconcertada,  se levantó de su lugar para escapar al baño, pero cuando iba en camino se topó de frente con la mirada de Antonio.
Sus pupilas dilatadas parecían atravesarla, pero una vez superado el miedo inicial, era posible identificar un atisbo de cordialidad animal tras esos ojos. Una invitación ineludible para una celebración, un acto ritual de otros tiempos. Mariana cedió, olvidó la ruta de escape y se unió a la manada que aullaba sobre la mesa, con los platos y los cubiertos regados por el suelo, mientras a través de los ventanales la luna lucía radiante, roja, misteriosa.
Aullaron toda la noche. Mariana juraba haber perdido la noción del tiempo, tampoco estaba segura de en qué momento se recostó en el suelo, echa un ovillo sobre sí misma, como un animal herido. Al amanecer Laura le ofreció un manta para cubrirse del frio y un café cargado. Se despidió una hora más tarde, sin decir ni preguntar nada. Nunca volvió a ver a su amiga, pero desde entonces las noches de luna llena cobraron para Mariana un significado diferente.
Ella me contó la historia una noche de luna llena. Después de una cena romántica salimos a caminar, inicialmente sin rumbo, luego seguimos a un gato y terminamos por seguir a la luna. Esta nos llevó a la playa, donde nos recostamos, nos revolcamos, cogimos como animales en la arena.  Luego, extenuados, nos recostamos boca arriba, la noche era clara, ella suspiró y comenzó el relato. Cuando terminó  yo estaba adormilado, cerré los ojos y perdí la noción del tiempo. En mis sueños me pareció escuchar aullidos y sentí una lengua animal recorrer mi nuca. Cuando desperté el sol brillaba, la ropa de Mariana aún estaba regada por la arena, pero ella ya no estaba. Nunca volví a saber nada de ella.

Snap Shots

Get Free Shots from Snap.com