¿Quién se ha llevado mi piedra?

Written by Edgar Rodriguez on Tuesday, November 26, 2013 at 7:26 PM



     Lo vi un medio día entre semana, justo a la entrada del trabajo. Era un sujeto de aproximadamente 30 años, alto, delgado, tez blanca, pelo largo desgarbado. Vestía ropa vieja, olía mal, en su rostro color tizne sobresalían un par de ojos grandes, verdes, mirada de loco. Un vagabundo, hubiera pensado cualquiera, un paria, un lumpen, nada por lo cual valga la pena detenerse; pero su mirada me atrapó cuando nos cruzamos de frente y ya no puede escapar.
Lo había visto minutos atrás mientras yo cruzaba un puente peatonal sobre Periférico Sur, desde ahí vi como un hombre de aspecto extraño, entonces él era sólo eso, cargaba algo pesado con los dos brazos, un bulto o algo así; lo dejó oculto detrás de una maceta de orquídeas, la cual está junto a la escaleras que conducen a la entrada de la Torre Platino I, donde yo trabajo.
Cuando nuestros ojos se encontraron él no perdió tiempo, me sonrió ampliamente y me dijo: “Amigo, tengo algo para ti. ¡Es una piedra! Por ser para ti te la dejo a sólo 100 pesos. ¿Cómo ves?”. Yo, todo extrañeza, fruncí el ceño y debí entonces haber seguido de largo, pero no, puta curiosidad. Lo miré de pies a cabeza y volteé de reojo a donde estaba la maceta. “Si, es esa, es una ganga, 100 pesos, vamos anímate”.
Una semana antes, con el pretexto de que era mi cumpleaños, fui a un casino llamado “Kash”. Nunca había entrado a un lugar de estos, sólo quería conocer algo nuevo. En la entrada un cartel anunciaba diferentes promociones, entre ellas una decía que si era el día de tu cumpleaños te regañaban 100 pesos y un pastel. Carajo, pensé, mi día de suerte, quizá podría convertir esos 100 pesos en más dinero.
Cuando llegué a una ventanilla para exigir mi premio, una amable señorita vestida de negro y con voz monótona me explicó: No podía darme mi premio si yo no tenía una tarjeta dorada que me acreditara como miembro del Club Kash. Dicha tarjeta tenía un costo de 100 pesos e incluía la misma cantidad de créditos para jugar en el casino; por lo cual yo podría tener 200 créditos, no aplicables en blakjack, poker ni ruleta. Es una estafa pensé, pues lo que yo quería en realidad era jugar a las cartas, sentirme un poco como en una película de vaqueros; en cambio, lo más que podría hacer sería apretar una y otra vez un botón, ver pasar los dibujitos y esperar como estúpido a que estos coincidieran para ganar más créditos y volver a apretar el botón y… etc. Pero ya estaba ahí, qué diablos pensé, saqué un billete de cien y pedí la tarjeta dorada.
Yo creía que al menos podría pasar un par de horas gastando esos créditos; mientras, pensaba beber todo el café y refresco gratis necesario para desquitar el dinero invertido. Pero no, jugar con esas máquinas es más complicado de lo que esperaba, tienen muchos botones, para duplicar, triplicar o multiplicar tu apuesta hasta por 50 o 100. No sabía, ni tampoco me interesó mucho aprender cómo funcionaba la máquina, sólo apreté botones a los estúpido, supe por las luces y sonidos que algo gané dos o tres veces y después de 15 minutos, ya no tenía nada.
Fui por mi pastel, demasiado dulce, el cual acompañé con un café gratis, aguado. Todavía pasé otro cuarto de hora caminando por el lugar, intrigado por la gente y su forma de jugar; incluso intenté dilucidar un perfil psicológico y social de los adictos al juego. La única ventaja de esto fue que los casinos, al menos este, son de los escasos lugares públicos cerrados donde aún se puede fumar libremente. Disfruté un par de cigarros y salí de ahí con la sensación de que esos eran los 100 pesos más estúpidamente gastados de mi vida.
Recordé todo esto, fugazmente, mientras estaba ahí, frente a este sujeto, loco o profeta, que intentaba venderme una piedra por cien pesos. Decidí que sería justo que la historia del dinero peor gastado de mi vida fuera más interesante, más extravagante, digamos, menos patética, al menos. Aún tenía mis dudas cuando le sujeto volvió a increparme: “Bueno, sólo por ser para ti y sólo por hoy, te la dejo en 80 pesos. ¿Cómo la ves? Esta regalada, hermano; además tu sabes que no es cualquier piedra, esta es La Piedra”, mientras mencionaba esto último abrió mucho los ojos, me convenció. Saqué el dinero y se lo di. El tipo, estupefacto, miró en su mano el billete de 50 y las tres monedas de 10; miró a su alrededor, guardó el dinero rápido en las bolsa de su pantalón y salió corriendo, como si acabara de cometer un asalto. Cuando pasó a mi laso alcance a escucharlo: “tú si estas chalado carnal”.
Miré mi piedra, satisfecho, era grande, redonda, como de unos 40 cm de diámetro, debía pesar al menos unos 10 kilos. Fuera de eso no tenía nada especial, era una piedra, sólo eso. Una pinche piedra de 100 pesos, por la cual yo sólo había pagado 80, me sentí feliz. El problema ahora era qué iba a hacer con ella, no podía entrar a la oficina con una piedra y tampoco parecía tarea fácil llevármela a casa al salir. No quise angustiarme al respecto, me agaché para acariciar mi piedra, la escondí lo mejor que pude atrás de la maseta y seguí mi rutina laboral.
En el transcurso del día recordé una novela de Chuck Palahniuk, ‘Asfixia’. En esta un personaje recoge piedras grandes en la calle, lo hace sin ningún sentido, simplemente junta piedras. Para trasportarlas usa unas cobijas de colores pastel con dibujos infantiles, con las cuales cubre a la piedra en turno y la carga en brazos, como un bebe. Así, en el metro y  los autobuses todos le seden el asiento, creyendo que carga un bebe, pero en realidad es una piedra. El tipo junta piedras y más piedras, las apila hasta hacer un muro y después… después no recuerdo qué pasa, igual no importa.
El tema era. ¿Cómo voy a llevarme mi piedra? la ideas de hacerla pasar por un bebe sonaba interesante, pero no podría tener la certeza de que me cederían un lugar. Además, ¿Cómo le explicaría a mi esposa mi extraña compra? Preferí postergar  el problema. Ese día al salir no me llevé mi piedra, tampoco al siguiente día, ni toda la semana. Mi piedra se mantuvo ahí, escondida detrás de la maceta. Cuando yo pasaba por ahí esperaba a que nadie me viera, entonces me agachaba para acariciarla, a veces le hablaba, una vez incluso, lo confieso, la bese. Era feliz con mi piedra, carajo.
Pero un día, así sin más, dejo de estar ahí, desapareció. Alguien se había robado mi piedra. Pensé que llamar a la policía o levantar un acta era absurdo, buscar otra vez al vagabundo vendedor de piedras también me pareció inútil. Sólo me quedaba la resignación, esa misma que uno asume ante la muerte de un ser querido o la lente e inevitable desaparición de un amor. Ya no tenía piedra; pero igual era cualquier cosa, pensé, la vida sigue, me convencí.
Sin embargo, desde entonces me siento extraño. Ya no sonrió cuando veo jugar a los niños, no me enternecen lágrimas de mujer alguna, la literatura ya no me apasiona. El frio no me enchina la piel y el café expreso me sabe a nada. Hay algo extraño en mí, me siento medio muerto. Extraño mi piedra. Si alguien sabe dónde está o la ha visto por casualidad, les ruego que me la devuelvan o quizá, tengan por ahí, en algún lugar de su casa o trabajo, una piedra que no usen, una piedra que no necesiten. Piensen en mí, necesito una, me siento vacío.           

1 Responses to "¿Quién se ha llevado mi piedra?"

Comment by Crhystian Hernández
12:59 PM #

Bueno. Has pensado que el homeless que te la vendió haya regresado por ella? Y así sacó un doble provecho de la transacción?
Es una idea :D

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